En algunos restaurantes de comida rápida, en la situación estratégica de una esquina, hay un momento en el que el estrépito alrededor, se confunde, se entreteje en una maraña compacta, parecida al silencio, protectora y agradable en cualquier caso para el que sabe apreciarla.
Mi percepción visual no es tan afortunada y frente a mí observo a una pareja de enamorados hasta un nivel clínico, que se frotan y se babean con una intención más amorosa que sexual convirtiendo un espectáculo que podría ser solo incómodo en francamente desagradable. Calculo que el nivel de endorfinas de ella, que parece a punto de mearse encima, le permitiría pasar por una colonoscopia sin anestesia. Como si el enamoramiento fuera algún tipo de enfermedad degenerativa que le ha machacado los huesos fluctúa sobre su silla como gelatina hacia delante y atrás y solo la mantiene erguida la fuerza de atracción -casi puedo ver una corriente de flujo que emborrona el aire- entre su boca y la de su enamorado, que periódicamente se unen con un “plop” de ventosa que no oímos, pero sufrimos todos a su alrededor.
Una voz cerca de mí rompe la perfecta maraña de estrépito, como una cabeza saliendo del agua:
-Ahí hay una pareja que… uf…-la chica sentada a mi lado, perdida en el horror como yo, lo comenta con su amiga-, ¡ellos habrán comido ya, porque…!
Su amiga, de espaldas a la escena, se gira un poco y sonríe comprensiva, buscando despreocupada alguna frase típica en su cajón mental etiquetado con “es verdad, qué asco dan algunas parejas”. La envidio, tan inconsciente de la escena real, del caso extremo que observamos la otra y yo y que podría estar siendo estudiado por científicos de todo el mundo.
En seguida ambas se levantan, expelidas por la fuerza de la felicidad ajena, fuerza repulsora donde las haya, y desaparecen engullidas por la marea de luz y de ruido. Entonces, como si ellas fueran el telón de la auténtica escena, aparecen en mi campo de visión, dos mesas más allá, una madre y su hija, sentadas una frente a otra, conversando con oraciones enteras, complejas, intrincadas. El diálogo entre ellas dos reluce como una obra de Shakespeare en un pajar de frases sueltas, frases sacadas de un cajón.
La joven dice algo en voz baja, grave, altisonante a veces, como una carretera llena de curvas en la oscuridad. Una mano llena de plata le cubre el perfil pálido de adolescente. El pelo negro y liso es casi indistinguible de la cinta que le cubre parte de la frente. Sólo percibo sus palabras cuando levanta el tono:
-…y ahora que tengo veintitrés años… se van a enterar…
La madre, teñida de un rubio oscuro, envuelta en un estampado de flores, deja el vaso de cartón sobre la mesa.
-¡Pero Laura! -le interrumpe-. ¡No! -dice muy seria-. No me puedo creer que todavía pienses en eso, ¡por favor!
Miro de reojo a la chica, pero ella sigue inalterable, adentrándose por esa carretera oscura hecha de palabras que yo no puedo oír. No quiero atender a lo que dice igual que no me gusta mirar las heridas. Intento concentrarme en lo que como, pero vuelve a llamar mi atención el tono de la madre, en un crescendo.
-No me lo puedo creer. No me lo puedo creer, Laura. ¡No me lo puedo creer!
Al principio pienso que es una reacción a lo que la chica le está contando y me alarmo, pero el semblante de la madre es tan neutro como al principio y entonces entiendo que no hay diálogo entre ellas. La palabras de la chica fluyen como un líquido turbio y se estrellan contra las de su madre, una barrera de roca: “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”. La oye, pero no la escucha.
En una curva dolorosa el tono grave de la joven se quiebra y consigo distinguir:
-Yo era pequeña y ellos me hicieron mucho daño…
Pero la madre la interrumpe:
-No me puedo creer que sigas acordándote de esas cosas. Olvídalo. Déjalo estar. De esas cosas ni se habla. No hay ni que hablarlo.
Me fascina su tono. No hay condescendencia, no se burla de la chica, no trata de restar importancia a lo que dice con una sonrisa, tampoco hay alarma, ni énfasis en lo que trata de hacerle entender. Un poco más de empatía en el tono de la madre y la chica sentiría que tiene derecho a estar dolida, entendería el discurso como consuelo; un poco menos y se sentiría incomprendida y furiosa. Pero las palabras se alzan como una barrera de contención dura e inflexible, perfecta.
La chica sigue explicándose, pero la madre se impone:
-No. Esas cosas se olvidan, se superan…
La chica dice que ella lo ha superado pero…
-Que no. Que a mí me han pasado cosas más graves y no tengo ningún interés en acordarme ni en guardar ningún rencor, ni en nada. Yo no quiero llevarme mal con nadie y no tiene sentido que le des más vueltas a eso. Pasó y hay que olvidarlo.
Cuando me levanto a dejar mi bandeja miro de reojo a la chica. Tiene la mirada extraviada, suspendida en el aire atravesándolo todo como un láser, quizá también a los enamorados. No está triste, ni furiosa; parece vacía. Cuando ya ha pasado la tormenta, y su torrente de odio apenas se mece ya como un líquido sin fuerza sobre la mesa, las palabras de su madre continúan sólidas:
-No se puede vivir en el resentimiento. No, no se puede.
Salgo a la calle todavía impactada por el consuelo que no hay en su tono pero sí en su actitud. No entiendo cómo esa conversación entre extrañas se me ha metido tan dentro, hasta el punto de empañarme los ojos durante un segundo, pero me doy cuenta de que me noto más ligera, respiro mejor y me siento protegida por el discurso, como si caminara sobre las palabras firmes de la mujer, como si acordándome de ellas y olvidándome de todo lo demás, ya nada pudiera hacerme daño.