Amor, paisajes y pasajeros.

May 05

Amor #5

En algunos restaurantes de comida rápida, en la situación estratégica de una esquina, hay un momento en el que el estrépito alrededor, se confunde, se entreteje en una maraña compacta, parecida al silencio, protectora y agradable en cualquier caso para el que sabe apreciarla.

Mi percepción visual no es tan afortunada y frente a mí observo a una pareja de enamorados hasta un nivel clínico, que se frotan y se babean con una intención más amorosa que sexual convirtiendo un espectáculo que podría ser solo incómodo en francamente desagradable. Calculo que el nivel de endorfinas de ella, que parece a punto de mearse encima, le permitiría pasar por una colonoscopia sin anestesia. Como si el enamoramiento fuera algún tipo de enfermedad degenerativa que le ha machacado los huesos fluctúa sobre su silla como gelatina hacia delante y atrás y solo la mantiene erguida la fuerza de atracción -casi puedo ver una corriente de flujo que emborrona el aire- entre su boca y la de su enamorado, que periódicamente se unen con un “plop” de ventosa que no oímos, pero sufrimos todos a su alrededor.

Una voz cerca de mí rompe la perfecta maraña de estrépito, como una cabeza saliendo del agua:

-Ahí hay una pareja que… uf…-la chica sentada a mi lado, perdida en el horror como yo, lo comenta con su amiga-, ¡ellos habrán comido ya, porque…!

Su amiga, de espaldas a la escena, se gira un poco y sonríe comprensiva, buscando despreocupada alguna frase típica en su cajón mental etiquetado con “es verdad, qué asco dan algunas parejas”. La envidio, tan inconsciente de la escena real, del caso extremo que observamos la otra y yo y que podría estar siendo estudiado por científicos de todo el mundo.

En seguida ambas se levantan, expelidas por la fuerza de la felicidad ajena, fuerza repulsora donde las haya, y desaparecen engullidas por la marea de luz y de ruido. Entonces, como si ellas fueran el telón de la auténtica escena, aparecen en mi campo de visión, dos mesas más allá, una madre y su hija, sentadas una frente a otra, conversando con oraciones enteras, complejas, intrincadas. El diálogo entre ellas dos reluce como una obra de Shakespeare en un pajar de frases sueltas, frases sacadas de un cajón.

La joven dice algo en voz baja, grave, altisonante a veces, como una carretera llena de curvas en la oscuridad. Una mano llena de plata le cubre el perfil pálido de adolescente. El pelo negro y liso es casi indistinguible de la cinta que le cubre parte de la frente. Sólo percibo sus palabras cuando levanta el tono:

-…y ahora que tengo veintitrés años… se van a enterar…

La madre, teñida de un rubio oscuro, envuelta en un estampado de flores, deja el vaso de cartón sobre la mesa.

-¡Pero Laura! -le interrumpe-. ¡No! -dice muy seria-. No me puedo creer que todavía pienses en eso, ¡por favor!

Miro de reojo a la chica, pero ella sigue inalterable, adentrándose por esa carretera oscura hecha de palabras que yo no puedo oír. No quiero atender a lo que dice igual que no me gusta mirar las heridas. Intento concentrarme en lo que como, pero vuelve a llamar mi atención el tono de la madre, en un crescendo.

-No me lo puedo creer. No me lo puedo creer, Laura. ¡No me lo puedo creer!

Al principio pienso que es una reacción a lo que la chica le está contando y me alarmo, pero el semblante de la madre es tan neutro como al principio y entonces entiendo que no hay diálogo entre ellas. La palabras de la chica fluyen como un líquido turbio y se estrellan contra las de su madre, una barrera de roca: “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”. La oye, pero no la escucha.

En una curva dolorosa el tono grave de la joven se quiebra y consigo distinguir:

-Yo era pequeña y ellos me hicieron mucho daño…

Pero la madre la interrumpe:

-No me puedo creer que sigas acordándote de esas cosas. Olvídalo. Déjalo estar. De esas cosas ni se habla. No hay ni que hablarlo.

Me fascina su tono. No hay condescendencia, no se burla de la chica, no trata de restar importancia a lo que dice con una sonrisa, tampoco hay alarma, ni énfasis en lo que trata de hacerle entender. Un poco más de empatía en el tono de la madre y la chica sentiría que tiene derecho a estar dolida, entendería el discurso como consuelo; un poco menos y se sentiría incomprendida y furiosa. Pero las palabras se alzan como una barrera de contención dura e inflexible, perfecta.

La chica sigue explicándose, pero la madre se impone:

-No. Esas cosas se olvidan, se superan…

La chica dice que ella lo ha superado pero…

-Que no. Que a mí me han pasado cosas más graves y no tengo ningún interés en acordarme ni en guardar ningún rencor, ni en nada. Yo no quiero llevarme mal con nadie y no tiene sentido que le des más vueltas a eso. Pasó y hay que olvidarlo.

Cuando me levanto a dejar mi bandeja miro de reojo a la chica. Tiene la mirada extraviada, suspendida en el aire atravesándolo todo como un láser, quizá también a los enamorados. No está triste, ni furiosa; parece vacía. Cuando ya ha pasado la tormenta, y su torrente de odio apenas se mece ya como un líquido sin fuerza sobre la mesa, las palabras de su madre continúan sólidas:

-No se puede vivir en el resentimiento. No, no se puede.

Salgo a la calle todavía impactada por el consuelo que no hay en su tono pero sí en su actitud. No entiendo cómo esa conversación entre extrañas se me ha metido tan dentro, hasta el punto de empañarme los ojos durante un segundo, pero me doy cuenta de que me noto más ligera, respiro mejor y me siento protegida por el discurso, como si caminara sobre las palabras firmes de la mujer, como si acordándome de ellas y olvidándome de todo lo demás, ya nada pudiera hacerme daño.

Feb 16

Pasajera #20

Te busco a veces como te busqué aquel día, desesperada por encontrarte, alzando la mirada entre los rostros vacíos del autobús hasta dar contigo. Vuelvo a ti a menudo, a tu melena encrespada que te rodeaba la cara como un nimbo oscuro. Te busco y me refugio en ti.

Pensé por un momento que eras una mujer vieja y cansada hasta que te pusiste de pie sobre tus zapatos de uniforme, los calcetines hasta la rodilla y vi que eras una niña fea. Me llegó el sabor agrio y antiguo de la leche recién tomada en el desayuno, el olor enrarecido del colegio, la rabia diluida en sueño de todas las mañanas.

Había algo en tu boca o en las formas de tu cuerpo que hacía pensar en una futura adolescente, en el deseo animal, estúpido, de los hombres, y quise congelarte como estabas ahora, con tu cara morena y borrosa, tu pelo encrespado, hermosa y extraordinaria en tu propia fealdad de niña.

Cuando bajaste del autobús, te fui robando los pasos, los hice míos hasta que nuestros caminos se bifurcaron y te seguí con la mirada unos segundos y te atrapé y te guardé sin que lo supieras, mientras las dos, iguales, nos encaminábamos sin remedio hacia nuestra rutina.

La rutina que odiamos y que nos protege.

Sep 23

Pasajera #19

Miro su espalda y me pregunto ¿Por qué, por qué siempre pasajeras jóvenes y guapas, por qué es esa espalda lo único que logra despertarme si no me mueve el instinto, si no me reconozco en su belleza, si no siento simpatía hacia el género o la edad de su dueña? Pero la espalda dibuja una diagonal vertiginosa que se estrella fatalmente en la cintura, de donde surge rotundo un brazo en angulo recto perfecto, cubierto de un vello fino y rubio, casi translúcido, y yo me quedo atrapada en ese rombo, encerrada entre la piel que late y respira y que se adivina caliente bajo el fino tejido de algodón. ¿Por qué si mi memoria biológica no me incita a buscar una hembra de potentes caderas que engendre a mi prole? Por qué si a mí me gustan las figuras lánguidas, si me calman las líneas débiles de ángulos suaves. ¿Por qué la observo a ella entre todos los pasajeros?

Pero su belleza está más allá de mis consideraciones, de mi vida y mi historia. Su belleza está ahí, de pie, rematada por una maraña de cabello rubio sin cepillar, recogido de cualquier manera en una cola alta, con la arrogancia de las que se saben guapas sobre todas las cosas. Y apenas gira el rostro, relampaguean unos ojos azules y una mancha roja debajo, su boca, de unos labios crueles, imposibles, reventados sobre el rostro. Unos labios que serán siempre déspotas, sean cuáles sean las palabras que ella use.

Su espalda, sus brazos, la sangre caliente que atraviesa su nuca, y los cabellos desordenados sobre su cabeza no le pertenecen. Ni a ella ni a nosotros. Son como los árboles que se agitan en medio de la calzada, y como las nubes que se amontonan y oscurecen el cielo. Su belleza me despierta, me congela la mirada, porque su naturaleza es la misma que la del agua cuando empuja voluptuosa la mano que se atreve a interrumpir la corriente. Y al agua no le importa quienes seamos yo, ni ella, ni los nombres que nosotros ponemos a las cosas.

Así que cuando la veo bajar, la manera en la que va vestida, cómo sujeta el bolso, la universidad a la que va, todo eso me llega débil, tan débil como la opinión que pudiera formarme alguna vez de ella. Todo es un rumor vago y lejano, que apenas puedo oír, cuando ella trota, como un animal bello y magnífico entre los coches torpes y la suciedad del asfalto.

Sep 15

Pasajera #18

La he guardado en la memoria durante meses porque con ella se esfumó mi odio. Como la enfermera que te quita la venda tras una ceguera, ella fue lo primero que pude ver. Se sentaba de lado en el asiento del autobús, con las piernas un poco abiertas, colgando, los pies, enredados en sus sandalias, preparados para alcanzar el suelo con un pequeño impulso en cuanto el autobús se acercara a su parada. Tenía las piernas y los brazos largos y blancos, esbeltos, escapando por arriba y abajo de un vestido corto. El cuello era estrecho y largo también, y aunque de este dato que recuerdo, deduzco que llevaba el pelo recogido, he perdido su cabeza. O se fue emborronando como un dibujo de arena, o quedó desvaída con la luz de los días, o en mis idas y venidas, se cayó rodando hasta un rincón, como la muñeca de una niña poco atenta. Elíjase la metáfora que se prefiera, el caso es que tengo a una pasajera descabezada en esta vitrina de mi memoria, y sé que es la imaginación la que le pone unos cascos sobre las orejas, le recoge el pelo en una cola alta y una cadenita brillando dorada alrededor del cuelo.

Lo que sí recuerdo es que la miré y la quise, y tuve consciencia al instante de todas las formas que podrían quererla. Como si su luz se descompusiera a través de un prisma y me llegaran todos sus colores por separado.

La quise como el psicópata que la desmembraría para amar cada una de sus partes con la pasión de un coleccionista, y la quise como la madre que se conmueve por haber visto el cuerpo pequeño y plástico de un bebé germinando en huesos largos y formas vibrantes. La quise como el hombre que abandonaría a su familia por emborracharse en la efímera gloria de las mujeres jóvenes. La que se vampiriza y consume con ansia, para anestesiar y protegerse de los gélidos dolores de la vejez.

Y la quise como yo la imaginaba a través de la piel. Llena de pasiones o fobias, de pequeñas manías de intensos pensamientos o de una apacible estupidez. Con un destino claro en mente, o una fastidiosa rutina, una cita, una historia, cientos de recuerdos, secretos, traumas, mezquindades, olvidos, pecados, ternuras, tristezas, ingenios, deseos. La quise por el infinito abismo de posibilidades que se abría al mirarla. Por poder perderme en ella y olvidarme de mí. Por el profundo alivio que a veces son los otros.

Jul 28

Paisaje interior #1

Intento observar pero sólo me veo a mí. La parte que no quiero ver.

El odio se derrama por mis ojos, flota en el aire caliente, irrumpe en las aceras, se pega a los cuerpos como el sudor. El odio pasa entre los coches, ensucia los dedos que asoman en las sandalias. Y me alcanza en los reflejos de los cristales, se lanza como un perro de presa y rebota contra mí. A veces rompe las ventanas por no verme.

No me extrañaría que la gente cayera enferma a mi paso, porque el odio que arrastro es sofocante. A veces él me arrastra a mí.

El odio me empuja por la calle, me sube al autobús, y por mucho que miro alrededor, intento observar a los demás, sólo veo mi interior: sangre, vísceras, pesadillas. Todo inflamado por el odio.

No me gusta odiar. Detesto el odio. Odio el odio. Intento por todos los medios deshacerme de él.

Ayer por la noche vuelvo más ligera a casa. La oscuridad de la calle me enfría los ojos. Estoy tendida en la cama leyendo un libro en el que dos personas hacen el amor. Al otro lado de la ventana dos personas follan.

Detengo la lectura un segundo porque el ventilador del techo les ahoga y no puedo decir si son dos tonos de jadeo o un perro ladrando y otro respondiendo a lo lejos. Luego más tarde una risa. Conozco la voz, a veces habla hasta tarde, a veces le ordenan callar desde otra ventana. A mí me gusta. La risa es profunda y ancha, abarca toda mi cama y puedo dormir sobre ella. Y justo antes de cerrar los ojos, compruebo agradecida, que a ellos, personas o perros, no los odio.

Jun 24

Paisaje #6

El momento en el que tren parado de metro deja de respirar y en el vagón se escucha el silencio que ya estaba pero no se oía. Un silencio demasiado solemne, como el de un templo, funesto, que golpea a los pasajeros con repentina incomodidad.

Entonces las voces que llegan desde el andén, se acercan brutales, desconsideradas, y los gritos y las risas suenan como el preludio de una tragedia. Los pasajeros miran hacia abajo, turbados; la culpa es del silencio.

Un grupo de adolescentes entra en el vagón y continúa su fiesta privada, como si estuvieran en una burbuja, como si el resto del mundo no existiera. Pienso si esa capacidad de abstracción se la aportan las hormonas o si al desgranarlos, como las uvas de un racimo, si al colocarlos a cada uno en un asiento aislado, también cargarían el peso del silencio común, se harían responsables de él.

Por fin el tren se pone en marcha y las risas y las voces se pierden en un rumor homogéneo, pero hasta mí llega lo que una chica grita con una voz aguda que se derrama por el vagón manchándolo todo “Araña mueeeeerrrta”, dice, y se ríe. “Araña mueeeerrta” repite una y otra vez. Se establece entonces un vínculo absurdo entre las dos y cuanto más ríe ella, más triste me pongo yo, como si sus risas fueran a mi costa.

Entran dos monjas con hábitos largos y crucifijos grandes de madera. Entran casi de un salto, como dos pajarracos y se lanzan ávidas hacia los asientos libres. Una de ellas abre un libro; lleva como marcapáginas una estampa de la Virgen del Carmen y otra del Papa Benedicto XVI. Debe de estar leyendo la otra página, pero desde mi perspectiva parece que mira la estampas y las contempla inmóvil durante largo rato.

Jun 13

Paisaje #5

Las primeras gotas caen del cielo desproporcionadamente grandes, tocan la piel como dedos húmedos y calientes. Y el aire se levanta sobre el asfalto, una bofetada para los peatones. El niño pequeño sentado en el carro cerrando los ojos, con una expresión de incredulidad adulta “¿cómo puede mi madre volver la esquina y enfrentarme con este viento?”. Los pájaros pían desconcertados, o es el aullido del semáforo o el mismo aire zumbando los oídos, todo se vuelve caos al dejar la acera, y unos cuantos de nosotros seguimos a la mujer del perro que no tiene miedo al coche que se salta el semáforo y frena a la mitad del paso de cebra. Pero entonces el aire empuja con más fuerza, y el perro se vuelve como una veleta loca, en medio del tráfico, a contracorriente. La mujer tira de la cadena “¡No! ¡Crispi no!” pero la perra -“¡¿Eres tonta, Crispi?!”- insiste en volverse contra la riada humana y está cerca de echárseme encima. Sorteamos al animal, la mujer y los coches; aunque la formación se deshace y perdemos a la vanguardia, llegamos al otro lado.

En la calle estrecha no hay coches pero los árboles se estremecen y las hojas y el polvo vuelan como si un desastre, cualquier desastre, fuera inminente. Una anciana lleva a una niña con síndrome de down de la mano, o tal vez no es una niña sino una mujer. La anciana avanza decidida bajo un paraguas, sin dejar que la otra se retrase, sin miedo a la lluvia caliente y el viento salvaje cargado de polvo. No es como la perra, como el bebé, como la niña-mujer ni como yo.

Detras de mí oigo un ladrido. “Deja las hojas” dice la dueña. “¡Deja en paz las hojas!” grita. Pero yo no hago caso.

May 18

Amor #4

La veo con el móvil metido en la boca mientras escarba buscando algo en un bolso que sostiene con dificultad. Apenas me da tiempo a ver que es adolescente y pecosa, la cara redonda e inflada como un bizcocho lleno de motas tostadas, cuando la mano de su madre –no puede ser más que su madre-, de espaldas a mí, vuela rasante como un ave de presa y le arranca el móvil de entre los labios. No dice nada, ni yo habría podido oírla aunque lo hubiera dicho, pero el gesto habla por si solo: Anda, trae, hija, qué pareces tonta. Ella con la boca ya libre la transforma en una sonrisa, pero la madre ha girado la cabeza hacia un lado. No puede ser más de un segundo o dos, pero me parece una eternidad. Cuando los ojos buscan los de su madre mientras sonríe. Los tiene del mismo color cobrizo que las pecas y el pelo y no sé si es la luz pero están encendidos, los veo brillar. Toda la vida parece estar esperando que le devuelvan la sonrisa. A que es gracioso, mamá, a que ha sido gracioso. Pero la otra no la ve, no puede verla, sigue con la cabeza girada. Podría yo sonreírle desde el otro lado del cristal, porque es cierto que lo ha sido. Una imagen cómica. Pero sería grotesco el gesto intruso de una desconocida, que además observa la escena desde un plano inesperado para ellas de pie en la acera, fuera de mi autobús.

Por qué tengo yo que verlo, por qué -y estoy segura de que no lo imagino ni lo reinterpreto-. Por qué tengo que observar, con todo detalle, como si fuera a cámara lenta, el instante en el que los ojos de la chica abandonan su propósito. Y quizá es que la cabeza se mueve un milímetro y pierde el ángulo iluminado, pero los ojos se apagan, los veo apagarse, o son los párpados, que hacen sombra. Porque la mirada se vuelve hacia el bolso y las manos que no se habían detenido, siguen buscando en su interior. Es menos de un segundo, un instante, y a nadie le importa, ni a ellas y no hay drama posible y se olvida. Pero yo lo observo y es devastador.

Apr 28

Pasajera #17

Esta mañana he visto a una chica que aprovechaba un semáforo para pintarse la raya de los ojos. En mi extensa experiencia como observadora, he visto a mujeres usando el espejo retrovisor para maquillarse la cara, pintarse los labios, darse colorete o ponerse rímel, pero nunca a una con el lápiz en mano, llevándose la punta al párpado de abajo, y sosteniendo la mejilla con dos dedos, en ese gesto tan universal y sagrado en el que el mundo se detiene y todo queda muy quieto no vaya a ser que la mano tiemble y se produzca un molesto accidente.

Tal vez es por pura probabilidad, porque además, hay más mujeres que hacen todo lo demás y no se pintan la raya. A mí me gusta no lo solo el resultado sino también el acto, por lo que he explicado antes y porque es el momento en el que el maquillaje más se parece al dibujo. Los lápices se afilan con sacapuntas un poco más pequeños que los normales y tienen la punta blanda, pero se cogen igual y cuando una se los lleva a los ojos se está dibujando un poco a sí misma, como un personaje más que una persona.

La chica del coche era grande y esbelta como su coche todoterreno, y llevaba una cola alta y parecía que se levantaba un poco del asiento mientras se dibujaba los ojos, como si en cuanto terminara y el semáforo se pusiera en verde, en vez de conducir fuera a ponerse a bailar. Sobre el coche un árbol agitaba sus hojas de un verde plateado como lentejuelas y a pesar del martes, del atasco y de nuestra rutina, la primavera se empeñaba en que la escena pareciera alegre.

Me he dicho a mí misma que la chica iría a su trabajo, que llegaba tarde como yo y por eso se pintaba en el coche, pero en realidad quería ir y suplicarle: llévame, por favor, llévame contigo y enséñame todo lo que vayas a mirar hoy, con tus ojos dibujados.

Apr 22

Paisaje #4

Hay un hombre, hay una ventana y hay una lámpara antigua que ilumina pobremente el espacio vacío que se encuentra tras ellos. Sobre el hombre, el hueco de la ventana traza un arco, de manera que la escena queda enmarcada como una postal, que uno pudiera recortar con tijeras de punta redonda.

No es más que el portero de un edificio realizando una de sus tareas de mantenimiento, pero la luz detrás de él y el portal oscuro que se adivina contrastan con la hora temprana del día y la calle ya iluminada. La lámpara, superviviente de varias décadas, se presenta anacrónica y tampoco el hombre parece querer pertenecer a esta época, con su camisa amplia para pintar que no se compromete con ninguna moda.

La brocha extiende la pintura sobre la madera, basándose en el absurdo criterio de aquel que un día decidió que la madera por ser marrón había que pintarla de ese color. Yo sigo con la mirada los movimientos del hombre y casi puedo notar las cerdas de la brocha arrastrándose sobre la capa áspera de pintura anterior, deteniéndose en los ángulos, guiadas por un movimiento preciso. De repente me parece estar oliendo la pintura, un olor concreto que no habría podido encontrar nunca tan nítido de haberlo buscado a propósito en los estantes de la memoria.

Así que allí está el hombre pintando, y allí estoy yo contemplando cómo lo hace hasta que el autobús arranca y la calle se desborda hacia mí, echándome a los ojos, una riada de personas, colores, luz, acera y cristales de este tiempo. Y la postal oscura del hombre y la ventana queda un segundo suspendida en mis retinas, y toda la paz contenida en ella, se escapa y desaparece como el aire de una pompa de jabón.