Está mirando por la ventanilla, y sobre su cabeza veo la mitad de unos cascos enormes cubriendo su oreja, un óvalo de metal perfectamente acoplado a su perfil.
Tiene el pelo corto y la piel estampada de acné adolescente, los pies pequeños y muy juntos soportando la flexión de las rodillas, la ropa discreta, y las manos reposando sobre una carpeta en el regazo, completamente abandonadas, como si las hubiera dejado allí y no pensara nunca volver a recogerlas. De repente, vuelve la mirada hacia ellas, y las mueve un poco, sin modificar su postura, probando tal vez que siguen conectadas a su cuerpo. Y mira de nuevo al exterior.
Juego a adivinar quién es, deducir que si no se ha bajado en la parada de ICADE tal vez vaya al último curso del colegio, que por los niños que veo siempre, sé que hay al final del trayecto. Imagino que es tímido y algo afeminado, el típico chico que automáticamente todo el mundo suele tomar por gay, independiente de que lo sea o no. Parece también inexpresivo, una personalidad hermética contra la que estrellarse.
Pero de repente toma posesión de sus manos y el resto de su cuerpo y se pone en pie, rompiendo bruscamente la frágil maraña de mis cavilaciones. Es mucho más alto de lo que parecía sentado y el par de ojos claros que ocultaba el perfil cambian por completo su aspecto, dándole un aire casi extranjero. La forma de moverse no es en absoluto lo afeminada que insinuaba la flexión de sus piernas, mientras estaba sentado. Y en la carpeta, antes oculto bajo sus manos, veo el logo del San Pablo CEU.
Lo miro caminar por la calle fascinada por la cantidad infinita de personajes que -siempre distintos, siempre mejores a los que imaginamos- escribe a cada segundo la realidad para cualquiera que quiera pararse a leerlos.
Me mira como si quisiera matarme y no sé si es porque me he colado sin querer o porque es la cara con la que ha salido del autobús, después de tres horas y media de viaje. Le pedimos unos bocadillos a la camarera del sitio transparente y gigante donde hemos parado. Es una cadena de estaciones de servicio que construye naves inmensas en medio de la nada, consiguiendo la completa alienación de los viajeros que se desparraman por el espacio desorientados y fuera de lugar, como un puñado de canicas sobre el suelo de una clínica.
Le veo ir a por una bebida, aprovechando la espera y decido imitarle. Cuando los bocadillos están listos la camarera le grita a un compañero que son para “la pareja”. Los dos esperamos inmóviles y yo me concentro estúpidamente en mi cara de pocos amigos, no vaya a parecer que en el fondo me halaga la confusión de la camarera. Él no puede tener más de veinticinco.
Recogemos el plato y nos dirigimos hacia la caja. Me muevo incómoda, atrapada en esa situación social absurda que te obliga a mantenerte junto a alguien que no conoces de nada. Yo pago primero, sintiendo que me estoy colando otra vez, y entonces por fin libre, elijo una mesa apartada junto a la ventana, con gran alivio.
Segundos después, él viene a sentarse en la mesa de enfrente de cara a mí, así que parece que seguimos comiendo juntos, pero enfadados. Ahora que le puedo mirar con detenimiento descubro que lo que me ha puesto tan nerviosa desde el principio no ha sido la mirada hostil, ni la confusión de la camarera sino el hecho de que él es guapo, no solo guapo, atractivo, y me recuerda un poco a todos los chicos que me han gustado alguna vez.
Lleva unas zapatillas destrozadas y una cazadora negra, algo polvorienta, que al quitarse se lleva con ella la mayor parte de su encanto. Debajo, la camiseta de la selección le rejuvenece unos cinco años y pierde todo mi interés en favor de mi bocadillo. Pero cuando le vuelvo a mirar, me conmueve el desaliño con el que la viste, y me hace pensar en aquella época de las tardes con Nocilla y Espinete, en la que Adidas era una marca anticuada. Levanta la mirada durante un segundo y yo devuelvo la mía hacia mi comida, como una avestruz hambrienta.
Vuelvo a calcularle unos veinticinco y lo imagino al llegar a los treinta, con el aspecto gastado de los niños guapos que se han maltratado mucho. A veces resultan incluso más atractivos, pero la mayoría de las veces evocan algo de decepción. Como ese póster de tu cuarto que te gustaba tanto y un día descubres descolorido y los bordes estropeados. O tal vez mute al perder el pelo y su antiguo aspecto se diluya al entrar en el grupo de los treintañeros rapados gafapasta, indistinguibles unos de otros, hasta que no se tiene con ellos una conversación. Recuerdo el tiempo en el que me fijaba sólo en los chicos como él, simplemente porque mi muestra estadística era demasiado pequeña aún, y no había comprobado que la probabilidad de que un físico masculino como el suyo se correspondiera con una personalidad interesante era realmente baja y se iba reduciendo drásticamente en tanto que el sujeto se hacía consciente de lo primero.
Decido no dedicarle ni un pensamiento más y saco un papel en el que escribir algo que tengo pendiente, dando a mi gran mundo interior una importancia ridícula. Pero cuando de reojo advierto que se levanta y se va no puedo evitar sentirme abandonada.
Al rato salgo yo también y me apoyo en el muro a su lado, pero a una gran distancia; tengo una habilidad escalofriante para calcular el punto exacto donde no parezco entrometida pero alcanzo a escuchar una conversación ajena. Cuando lo oigo hablar por teléfono mi estadística se va a la mierda, porque tiene un voz y una forma de hablar perfecta, y una risa graciosa que acompaña pasándose la mano por el pelo castaño y un poco rizado. Cuando me descubro a mí misma intentando deducir si al otro lado del teléfono se encuentra su novia, me obligo a parar, pero para entonces, ya estoy abrazándome las rodillas resignada y melancólica, reencontrándome del todo con mi yo adolescente.
Lo único que me permito antes de volver de nuevo a mi senectud prematura es seguirlo con la mirada desde mi asiento mientras se sube al autobús y ordenarle mentalmente “mira, mira, mira”. Él sigue hablando y riendo animadamente por teléfono, absorto por completo en su conversación. Y justo cuando creo que va a pasar de largo, levanta sus ojos grandes, castaños y claros y me mira.
La luz de allí no cae, como la de Madrid, a plomo sobre las cosas, no arroja sombras negras y perfiladas. La luz de allí es diáfana, es total, reverbera en el aire, revienta las pupilas. La luz de allí entra por la boca hasta los pulmones, hasta el estómago. Ilumina por dentro.
La típica persona que llama a su novia porque se aburre y dice “cuéntame algo, peque, qué haces, que qué haces, y ya has fregado? pero has pasado la aspiradora y eso? entonces no has hecho nada todavía, y qué vas a comer, pues ve a la cocina y míralo, que vayas a la cocina y lo mires, no? eh? que no quieres? qué cansado estoy, uf, cari, todavía quedan cinco horas de viaje”.
Ese tipo de persona.
Calculo que han sido unas cuatro llamadas, de no menos de media hora cada una. Con dos de ellas me ha despertado. Y nunca en la conversación, nunca, se ha mencionado un tema que no respondiera al presente inmediato de ambos interlocutores. Nada del tipo “viste ayer sálvame?”, “he hablado con mi hermano y me ha dicho…”, nada que indicara que alguno de los dos tenía una capacidad de memoria de más de media hora. Una y otra vez se repetían cosas como “pero qué haces, peque, no, aparte de “poh na”, que digo que aparte de “poh na” qué haces, te has arreglado ya o todavía estás en pijama?”
El chico, de unos dieciocho años no tenía acento almeriense, supongo que era de Madrid. Vocalizaba tan mal, amontonado las palabras en frases como “hastaluegtellamastarde”, que yo que estaba diez centímetros de sus cuerdas vocales no podía casi entenderle. Su novia, al otro lado del teléfono parecía tener el mismo problema, así que él repetía constantemente cada una de sus intervenciones en ocasiones hasta tres veces. Por otra parte, debía de ser algo duro de oído o tal vez ella tampoco se expresara bien porque a cada rato preguntaba “eh?”.
Todo el mundo tiene prejuicios. Los prejuicios llegan y se instalan en ti y algunos son útiles y otros son del tipo de los que Hitler te diría “córtate un poco”. Yo intento controlar los míos pero uno de los más arraigados en mí es el que automaticamente clasifica las personas que dicen “eh?” en vez de “qué?” como seres inferiores. Menos evolucionados. Más cercanos al mono.
Una cosa que me sorprendía del homo retrasapiens es que cuando su novia hablaba él no parecía seguirla en su discurso, se quedaba completamente callado hasta su siguiente intervención, como si simplemente estuviera fingiendo que hablaba por teléfono. No lo hacía porque yo podía oírla a ella, aunque por suerte no entenderla; un ruido agudo que salía del teléfono del chico pegado a su oreja. Era como si estuvieran retransmitiendo el chillido de las gaviotas en una playa lejana. Eso me adormecía y empezaba ya a soñar hasta que él volvía a intervenir y yo tenía por fin que despejarme y ponerme el ipod con desesperación.
El único dato arrojado en una conversación más allá de sus propias personas y su presente inmediato, aunque en realidad podría incluirse en este últmo, fue que el retrasapiens se había encontrado en el mismo autobús con una conocida y que ésta le había contado que se había quedado embarazada y había abortado sin que sus padres lo supieran. “Y se ha reído. No, que me lo ha contado y al final se reía y to, y yo le he dicho: bueno, tampoco es pa reírse.” Fue ahí cuando tuve ganas de volverme y decirle “pero es que no ves, que por muy analfebeta y carente de valores que supongo que será tu amiga (esto pude confirmarlo horas después), acaba de pasar por una experiencia traumática y dada la limitada capacidad de reflexión que le supongo también, reírse es su manera de afrontarlo? ES QUE LE VAS A DECIR TÚ SI SE TIENE QUE REÍR O NO?”. Igual es que me estaba implicando de más en aquella historia.
Una de las cosas que más me gustan de mí misma es mi capacidad de empatizar hasta con una bolsa de pipas vacía tirada en la acera (en realidad había escrito “abandonada” en vez de “tirada”, porque ya estaba empatizando), pero la mayoría de las veces es una auténtica putada. Porque siete horas y media sin más tarea ni obligación que pensar en mis cosas para mí es un regalo del cielo, pero el retrasapiens me contagió la sensación de estar atrapado en tu cuerpo, sin capacidad para abstraerte, y que tu cuerpo esté atrapado en un asiento, en un vehículo a siete horas y media de estar donde quieres que esté. Y por otra parte no dejaba de imaginarme a la gaviota obligada a sentarse con sus padres en el salón, que le decían “nena, tú sabes que no nos gusta meternos en tu vida, pero es que tu novio es muy tonto y muy pesao. PERO MUY PESAO” y la gaviota diría “pero yo lo quiero, mamá. Aunque sea un retrasapiens”.
Pero fue la empatía también la que logró que después de todo el odio y el desprecio acumulados en mi retorcido corazón durante el viaje, cuando vi al retrasapiens abrazar a la gaviota, inmóviles, como si estuvieran congelados sobre el andén, mientras el resto de viajeros nos movíamos rápido como hormigas a su alrededor, pudiera perdonarles todo durante un instante.
La miré porque la luz entraba por la ventana iluminándola solo a ella entre todos los pasajeros. Estaba sentada de lado con las piernas cruzadas y una mano reposando sobre la otra. La cabeza inclinada levemente hacia atrás con el pelo cayendo sobre su espalda como el manto de una virgen, y en la cara el maquillaje recién dispuesto, preparado para seguirla en todos los gestos que ella hiciera a lo largo del día, como la escenografía de una obra que no ha comenzado aún. Porque su rostro estaba vacío de expresión, los ojos flotaban sobre un punto indefinido, pero la mujer tenía la mirada completamente vuelta hacia sus pensamientos. Estaba tan quieta, en reposo, tan abandonado su cuerpo sobre el asiento que casi me parecía poder ver el aire saliendo de su nariz, a través de la distancia que nos separaba de un extremo a otro del autobús, y luego de nuevo el aire lento volviendo a entrar, llenándola, estremeciendo su cuerpo durante apenas un instante, con la cadencia del durmiente, aunque sus ojos estuvieran abiertos.
Y descubrir la respiración de la mujer en medio del autobús abarrotado, el ruido del tráfico y la calle y más allá de los cristales el cielo amplio y gris lleno de pájaros y sonidos, me pareció como encontrar la más preciosa de las piedras en la orilla de la playa, un hallazgo tan fantástico como insignificante que a nadie importaría nunca más que a mí, durante tan solo unos segundos. Pero era extraordinario.
De repente el autobús frenó, la mujer miró a un lado y a otro, abriendo por fin los ojos que ya tenía abiertos y en un segundo su cuerpo se movía rápido en dirección a la puerta y ni siquiera parecía el mismo cuerpo que yo había observado quieto y en reposo.
Como si me hubieran quitado un tubo de la boca, fui entonces consciente de mi respiración, que sin querer había acompasado ridiculamente a la de la mujer y que ahora no tenía más remedio que seguir manteniendo a mi propio ritmo, sin nadie que la guiase.
El hombre llevaba unas de esas gafas tremendas, que sirven para algún problema de la vista pero que parecen un engendro de la ciencia ficción de los ochenta, cuadradas, más parecidas al visor de un casco que a unas gafas normales. Vestía también cazadora de plástico negro y una gorra que ponía “Madrid” sobre la visera y que parecía bordada y puesta sobre su cabeza por las manos del mismo Almodóvar.
La mujer era una mujer normal, de aspecto normal y gestos normales que me habría pasado totalmente desapercibida de no haber empezado a interactuar con el hombre con un “no, no, eso es mío” sin demasiada alarma en el tono, ni sorpresa, ni enfado, un tono perfectamente normal que lo único que quería decir es que la bolsa que estaba a punto de coger el hombre era suya.
Entonces ha comenzado ese proceso delirante que suele ocurrir en los autobuses donde un hecho aislado sin absolutamente ninguna repercusión como el de ir a coger una bolsa que parece abandonada y que sea de otra persona y que ésta nos lo advierta, se convierte en un tema para un falso diálogo interminable, que en realidad es un monólogo:
-Ah, pensaba que la bolsa estaba ahí, que alguien se la había dejado y la iba a coger para dársela al conductor por si el dueño volvía a por ella -Ya, ya, pero es mía, no se preocupe -Como estaba ahí sola… -Ya, ya, es que antes estaba sentada yo ahí -Yo es que veo la bolsa y no veo nadie al lado porque claro si usted deja la bolsa aquí y se va a sentar allí al fondo (la mujer estaba a unos 30 cm de distancia), pues cualquiera viene y ve la bolsa y se cree que alguien se la ha dejado, porque la bolsa será de alguien -Pues sí, mía -Y claro, a lo mejor viene otro y no se la da al conductor, viene, la coge y se la lleva, porque no todo el mundo iba a dársela al conductor. A veces se pierden las cosas y se las dan al conductor pero otra gente igual no se las da al conductor -Ya -Por eso hay que estar atento, hay que estar atento a las cosas (aquí interviene un tipo de traje que el hombre tiene al lado pero no oigo lo que dice). Esta señora por ejemplo estaba atenta y ha dicho “la bolsa es mía” (vuelve a dirigirse a la señora), usted ha dicho “esta es bolsa es mía” y entonces yo ya he dicho: ah, pues es de usted.
Las intervenciones de la mujer agonizan en monosílabos hasta que por fin mueren tras un par de asentimientos de cabeza. Entonces la mujer, algo abrumada, empieza a responder al hombre con la cautelar indiferencia que se dedica a los locos mientras se pone de pie preparándose para salir en la siguiente parada.
Y entonces el hombre dice: ¿y qué lleva usted en la bolsa? ¿papeles secretos? ¿UNA FÓRMULA SECRETA?
La mujer se lanza hacia la puerta abierta todo lo rápido que sus pequeños zapatos alcanzan a desplazarse sobre el suelo del autobús y sale despedida hacia la calle impulsada por la locura del hombre que no espera respuesta a su pregunta porque comienza a cantar con una voz sorprendentemente bella una canción de cuya letra no conoce ni una palabra.
Camino deprisa por la calle, llego tarde. Los ojos, la nariz y la boca contra el viento rápido y helado, como flores abiertas, húmedas, heridas de frío. Esquivo a las personas vomitadas por una boca de metro y paso junto a ella que espera apoyada en una pared. Lleva un abrigo casi blanco, del mismo color que el flequillo que cae recto sobre la frente. Los labios rojos lanzan al aire una bocanada de humo y en sus ojos perfilados dos nubes más de humo oscuro pintadas inmóviles sobre los párpados. Solo la observo un instante, como una muñeca de rasgos planos, vacíos, sin un solo indicio de personalidad. Pero así tal cual la veo, en menos de un segundo, la congelo en el tiempo, en el aire: abrigo, labios, pelo, humo, ojos, y me la llevo conmigo.
No es lo que veo, porque la luz del sol inunda la calle cortada al tráfico y cae sobre los niños que gritan con los colores incendiados de sus ropas y juguetes. Hay adultos que tiran de sus brazos, los arrastran, los ponen de pie. Ellos agachados y los niños chillando con sus voces agudas y sus colores. Los percibo como piezas desparramadas de un puzzle, porque no los miro mientras cruzo rápidamente la calle.
Es lo que oigo, cuando alcanzo la oscuridad al otro lado. La acera en sombra, fresca y a salvo. Entonces los gritos de los niños se entretejen a cada paso mío en un sonido arrullador, uniforme, gorgoteante de infancia y remota felicidad.
Pocas veces me alegro de que alguien se siente junto a mí, pero ella tiene algo especial en la sonrisa con la que me agradece que me deslice sobre el banco para dejarle un sitio. O tal vez es que me gusta su pelo cortado a lo garçon y teñido de un color oscuro y natural, tan poco acostumbrado a verse en las ancianas. Lleva un abrigo marrón largo, de pelo sintético, y un bolso gris forrado de tachuelas que no parece demasiado moderno para ella. No se viste como una joven, sino que cada prenda o accesorio se adapta a ella, a su estilo sin edad.
Otra mujer se sienta en el banco y la saluda “¡Hombre, Vicenta, qué tal!”. Comienzan una conversación que ella interrumpe cuando yo me levanto ante la llegada de una tercera mujer con muleta: “¡Pero siéntate! ¡Si cabemos las tres!”. Mientras golpea el asiento que acabo de dejar libre con la mano, levanta un poco los pies del suelo con el mismo gesto que hacen los niños para enfatizar desesperadamente algo. Yo le sonrío y señalo a la recién llegada en la que ella no había reparado.
La nueva perspectiva me permite observar a su peculiar amiga. Aunque a primera vista presenta el aspecto estándar de anciana, posee dos características que la hacen única. La primera es que su abrigo de pelo atigrado está cubierto por una costelación de manchitas pequeñas, de color pardo, idénticas a las que puedo ver sobre el dorso de sus manos, como si el estampado del abrigo se le derramara por el cuerpo hasta la punta de los dedos. Y la otra es que uno de sus ojos es oscuro y pardo como las manchas pero el otro es claro y cistalino. Al principio la tomo por tuerta pero entonces reparo en que el ojo no es blanco sino de un azul intenso que no parece en absoluto enfermo. Me esfuerzo por distinguir su pupila pero desde donde la miro, todo el ojo parece azul, así como el otro se aprecia completamente marrón.
Durante el poco tiempo que esperamos en la parada, ambas se disculpan mutuamente por no haber ido a la manifestación. ¿Qué tipo de manifestación?, me pregunto. De repente me muero por conocer con todo detalle la vida de ambas, pero una vez que estamos dentro del autobús, la de la mirada bicolor desaparece rápidamente bajándose en la siguiente parada, y la otra se sienta sola en un asiento aislado y mira por la ventana.
Bajamos en la misma parada y la sigo con los ojos desde la otra acera durante un rato en el que nuestros caminos coinciden, comprobando que la sonrisa con la que la vi aparecer es un rasgo perenne en su cara. La pierdo en una esquina donde una luz amarilla aparece de repente desde una calle estrecha, como el cauce desbocado de un afluente. Antes de girar yo también, por mi calle oscura, la veo ponerse, con la gracia y elegancia de una actriz, sin perder un segundo su sonrisa, unas enormes gafas de sol.
Estoy sentada de espaldas a un gran ventanal y frente a mí un cristal separa la estancia en la que me encuentro de otra donde la gente fuma. Lo que veo es el reflejo de la calle que en realidad se encuentra a mi espalda, la luz de la mañana, la gente paseando por la acera, algunos edificios y los coches deslizándose veloces. El reflejo se funde con las personas sentadas al otro lado del cristal charlando animadamente mientras comen. No hay nadie conmigo en la estancia intermedia y como nadie me ve, me pregunto si existo o sólo soy una silueta negra recortada contra la luz del fondo, atrapada entre una imagen y otra.