La he guardado en la memoria durante meses porque con ella se esfumó mi odio. Como la enfermera que te quita la venda tras una ceguera, ella fue lo primero que pude ver. Se sentaba de lado en el asiento del autobús, con las piernas un poco abiertas, colgando, los pies, enredados en sus sandalias, preparados para alcanzar el suelo con un pequeño impulso en cuanto el autobús se acercara a su parada. Tenía las piernas y los brazos largos y blancos, esbeltos, escapando por arriba y abajo de un vestido corto. El cuello era estrecho y largo también, y aunque de este dato que recuerdo, deduzco que llevaba el pelo recogido, he perdido su cabeza. O se fue emborronando como un dibujo de arena, o quedó desvaída con la luz de los días, o en mis idas y venidas, se cayó rodando hasta un rincón, como la muñeca de una niña poco atenta. Elíjase la metáfora que se prefiera, el caso es que tengo a una pasajera descabezada en esta vitrina de mi memoria, y sé que es la imaginación la que le pone unos cascos sobre las orejas, le recoge el pelo en una cola alta y una cadenita brillando dorada alrededor del cuelo.
Lo que sí recuerdo es que la miré y la quise, y tuve consciencia al instante de todas las formas que podrían quererla. Como si su luz se descompusiera a través de un prisma y me llegaran todos sus colores por separado.
La quise como el psicópata que la desmembraría para amar cada una de sus partes con la pasión de un coleccionista, y la quise como la madre que se conmueve por haber visto el cuerpo pequeño y plástico de un bebé germinando en huesos largos y formas vibrantes. La quise como el hombre que abandonaría a su familia por emborracharse en la efímera gloria de las mujeres jóvenes. La que se vampiriza y consume con ansia, para anestesiar y protegerse de los gélidos dolores de la vejez.
Y la quise como yo la imaginaba a través de la piel. Llena de pasiones o fobias, de pequeñas manías de intensos pensamientos o de una apacible estupidez. Con un destino claro en mente, o una fastidiosa rutina, una cita, una historia, cientos de recuerdos, secretos, traumas, mezquindades, olvidos, pecados, ternuras, tristezas, ingenios, deseos. La quise por el infinito abismo de posibilidades que se abría al mirarla. Por poder perderme en ella y olvidarme de mí. Por el profundo alivio que a veces son los otros.