Miro su espalda y me pregunto ¿Por qué, por qué siempre pasajeras jóvenes y guapas, por qué es esa espalda lo único que logra despertarme si no me mueve el instinto, si no me reconozco en su belleza, si no siento simpatía hacia el género o la edad de su dueña? Pero la espalda dibuja una diagonal vertiginosa que se estrella fatalmente en la cintura, de donde surge rotundo un brazo en angulo recto perfecto, cubierto de un vello fino y rubio, casi translúcido, y yo me quedo atrapada en ese rombo, encerrada entre la piel que late y respira y que se adivina caliente bajo el fino tejido de algodón. ¿Por qué si mi memoria biológica no me incita a buscar una hembra de potentes caderas que engendre a mi prole? Por qué si a mí me gustan las figuras lánguidas, si me calman las líneas débiles de ángulos suaves. ¿Por qué la observo a ella entre todos los pasajeros?
Pero su belleza está más allá de mis consideraciones, de mi vida y mi historia. Su belleza está ahí, de pie, rematada por una maraña de cabello rubio sin cepillar, recogido de cualquier manera en una cola alta, con la arrogancia de las que se saben guapas sobre todas las cosas. Y apenas gira el rostro, relampaguean unos ojos azules y una mancha roja debajo, su boca, de unos labios crueles, imposibles, reventados sobre el rostro. Unos labios que serán siempre déspotas, sean cuáles sean las palabras que ella use.
Su espalda, sus brazos, la sangre caliente que atraviesa su nuca, y los cabellos desordenados sobre su cabeza no le pertenecen. Ni a ella ni a nosotros. Son como los árboles que se agitan en medio de la calzada, y como las nubes que se amontonan y oscurecen el cielo. Su belleza me despierta, me congela la mirada, porque su naturaleza es la misma que la del agua cuando empuja voluptuosa la mano que se atreve a interrumpir la corriente. Y al agua no le importa quienes seamos yo, ni ella, ni los nombres que nosotros ponemos a las cosas.
Así que cuando la veo bajar, la manera en la que va vestida, cómo sujeta el bolso, la universidad a la que va, todo eso me llega débil, tan débil como la opinión que pudiera formarme alguna vez de ella. Todo es un rumor vago y lejano, que apenas puedo oír, cuando ella trota, como un animal bello y magnífico entre los coches torpes y la suciedad del asfalto.