Te busco a veces como te busqué aquel día, desesperada por encontrarte, alzando la mirada entre los rostros vacíos del autobús hasta dar contigo. Vuelvo a ti a menudo, a tu melena encrespada que te rodeaba la cara como un nimbo oscuro. Te busco y me refugio en ti.
Pensé por un momento que eras una mujer vieja y cansada hasta que te pusiste de pie sobre tus zapatos de uniforme, los calcetines hasta la rodilla y vi que eras una niña fea. Me llegó el sabor agrio y antiguo de la leche recién tomada en el desayuno, el olor enrarecido del colegio, la rabia diluida en sueño de todas las mañanas.
Había algo en tu boca o en las formas de tu cuerpo que hacía pensar en una futura adolescente, en el deseo animal, estúpido, de los hombres, y quise congelarte como estabas ahora, con tu cara morena y borrosa, tu pelo encrespado, hermosa y extraordinaria en tu propia fealdad de niña.
Cuando bajaste del autobús, te fui robando los pasos, los hice míos hasta que nuestros caminos se bifurcaron y te seguí con la mirada unos segundos y te atrapé y te guardé sin que lo supieras, mientras las dos, iguales, nos encaminábamos sin remedio hacia nuestra rutina.
La rutina que odiamos y que nos protege.