Lleva puesta la capucha de un abrigo y un mechón de pelo cobrizo le cae sobre la frente. Pero no puedo decir si el perfil del rostro que observo pertenece a un niño o a una mujer. La persona mira al frente, sin expresión, como si fuera ajena a lo que ve, a lo que tiene a su alrededor, especialmente ajena al hombre que a su lado conduce.
Cuando el coche se para ante un semáforo, el hombre se vuelve hacia la persona, pero ésta, niño o mujer, continúa inalterable, con el gesto borrado, como si estuviera congelada en el espacio y en el tiempo. El hombre murmura algo y entonces la acaricia. Y un segundo después ya no puedo decir cómo lo ha hecho. Si le ha tocado levemente la frente, si ha puesto su mano sobre el hombro, si simplemente ha hecho el ademán pero en el último instante ha decidido no tocarla y la caricia ha quedado desdibujada, insinuada sólo en el aire, o si no ha hecho nada en absoluto y se ha quedado quieto mirándola.
Pero el hombre acarició a la persona y lo sé porque noté la caricia, al otro lado del cristal de mi ventana, y me estremecí del mismo modo que el hombre pareció estremecerse de angustia, mientras la expresión de la mujer o el niño permanecía suspendida en el vacío, en la nada más absoluta, como una dirección equivocada, un destinatario erróneo a donde nunca llegaría ninguna clase de afecto . Y el semáforo se puso en verde, y el hombre volvió su vista al volante y ambos se perdieron para siempre en las entrañas de la ciudad.