La mirada de la mujer salta de un lugar a otro, posándose apenas un segundo sobre las cosas como un pájaro inquieto. Los ojos grandes, algo separados, algo saltones, de un castaño intenso, sospecho que de una sinceridad inevitable. La mujer tuerce un poco la cabeza y sonríe a veces, discretamente, tal vez acordándose de algo, pero dando la impresión de que con su gesto aprueba o desaprueba lo que mira.
Hay arrugas en la cara de la mujer, no lleva maquillaje y su pelo cae hacia atrás desde la frente con un rizo desarreglado. Pero la limpieza en el rostro resplandece y no sé si es su piel, su gesto o el interior en ella, donde imagino sus pensamientos desplegados meciéndose serenamente como sábanas colgadas de una cuerda.
La mujer está sentada frente a mí en el autobús, en uno de esos cuatro asientos que se oponen de dos en dos, yo pegada a la ventana, ella al pasillo. Y aunque no disimulo mi mirada diagonal, ella no repara en mí. Me gustaría que la mujer me viese, que torciera la cabeza suavemente, que sonriera discreta, aprobándome, pero aunque cuando se acerca mi parada, tengo casi que saltar sus piernas para salir, ella sigue con la mirada abandonada en lugares distantes, y en ningún momento me la dedica.