Al torcer una esquina me encuentro con el perro. Digamos que un perro de la raza… “grande”. Es blanco, con alguna mancha marrón claro, y enmarcando su noble y bondadosa cabeza lleva una bufanda de un verde pálido, gastado, de una lana tejida en puntos gruesos hechos a mano. Es una bufanda vieja pero está bien sujeta a su cuello y en un primer instante, si no fuera por el color insólito en cualquier mamífero, podría tomarse por parte de su pelaje.
Hay una mujer, digamos que de la raza… “señora”, que sigue al perro y ambos son proporcionalmente tan dispares, dado el escaso tamaño de ella, que la gruesa cadena que va del cuello del perro a la mano de la dueña es el único elemento que hace entrar a la escena en una perspectiva razonable.
El perro avanza a su ritmo de perro y la mujer le sigue como puede, casi arrastrando los pies, en pasos lentos y torpes, pero entonces yo imagino sus manos, rápidas y ágiles, tejiendo una bufanda para su amigo.