Amor, paisajes y pasajeros.



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Me llamo Carmen Pacheco, todo lo escrito aquí es mío y bla bla bla bla. Este es mi cuaderno de apuntes, donde escribo lo que veo, para recordarlo, para practicar la escritura rápida o simplemente porque me da la gana. Puedes curiosearlo si quieres, pero fíjate bien: aunque parezcan letras, son garabatos.





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klammer
Pasajeros #6 #7

Entraron en el vagón rescatándome de una visión terrorífica que mantenía con la mirada congelada, atrapada en la fascinación del horror. Se tratata en concreto de la parte trasera de una talla cuarenta y dos o cuarenta cuatro de pantalón. El culo femenino estaba enfundando primero en unas bragas, cuyos contornos se insinuaban, o más bien se declaraban abiertamente bajo el pantalón y por encima de ellas, una prenda que violaba, y creo que el subconsciente me traiciona con el uso de este verbo, las normas más básicas del buen gusto y también algunas del sentido común.

Como digo, ellos entraron, y me salvaron de sobreanalizar la vileza de una moda en la que tiene cabida un pantalón con una cremallera trasera, a modo de bragueta en el lado opuesto, que queda ni más ni menos a la altura de lo que viene a ser el ano, y que como todas las cremalleras cosidas a unos vaqueros produce esos pequeños pliegues de las costuras a ambos lados, de una apariencia aterradoramente anatómica.

Pero parece que aún hoy, unos días después, tengo que concentrarme en el recuerdo de ellos para huir de la visión. Así que entraron y yo les miré y los encontré curiosamente adolescentes, como si de repente la adolescencia me pareciera de lo más exótica, y decidí dedicarles mi atención. También consiguió intrigarme que llevaran varias mochilas pequeñas cada uno, pues estaba claro que no venían de viaje, y no conseguí imaginar un lugar a donde uno decide llevar varias mochilas pequeñas en lugar de una grande.

Entraron con una conversación ya madura, por el entusiasmo que ambos ponían en sus argumentos. Él mencionó haber visto 2012 y entonces el rostro de ella sufrió una sacudida y toda su inseguirdad la envaró de golpe, como sólo puede ocurrir en la adolescencia cuando las películas o la música que escucha otra persona SON esa persona y a uno le puede romper el corazón descubrir una desavenencia cinéfila en alguien querido. Pensé de hecho que a ella le gustaba él, por cómo se apresuró a advertirle, antes si quiera de dejarle hablar, que ella no pensaba ver nunca esa película. Lo dijo tímidamente al principio, en voz baja, pero la frase desembocó en una firme declaración de principios con “un bodrio” perfectamente audible.

Entonces él se apresuró a justificarse, pero no oí absolutamente nada más de la conversación porque me puse los auriculares del ipod y comencé a escuchar música. Como narradora tengo muchas carencias.

De lo que sí puedo dar constancia es de que ella se sentó frente a mí y él prefirió quedarse a su lado de pie, de manera que ella lo observaba desde abajo, pero ni aún así podía dar la impresión de que él fuera más alto que ella. No era una cuestión de altura, sino escala, de tamaño global. Sin embargo, aunque él no hubiera dado aún el estirón, me parecía muy posible que tuvieran la misma edad. Ambos lucían un acné moderado, el pelo algo graso, pero de una forma encantadora, aunque lo graso por escrito nunca evoque ese adjetivo, y la ropa gastada cómo sólo puede gastar uno la ropa cuando es joven. Sus camisas de cuadros de franela me recordaron mis camisas de cuadros de franela y entonces me pregunté si es que yo tenía cincuenta años como para que la moda hubiera dado ya una vuelta completa desde mi adolescencia o si es que ellos tenían un pésimo gusto, cosa que me inclino más a pensar.

Mientras les veía mover la boca en su conversación, ella se restregó un ojo, metiendo sus dedos, hábilmente, por debajo de las lentes de sus gafas sin rozarlas. Fue un gesto tierno y adorable y me pregunté si él lo habría advertido. Probablemente ella lo había hecho cientos de veces y probablemente volvería a hacerlo todo el tiempo de su vida que siguiera llevando gafas, pero el gesto pertenecía claramente a la edad que ella tenía ahora y aunque se lo llevara consigo a la madurez, siempre, en el segundo en que sus dedos restregaran el ojo cansado, volvería a ser adolescente durante un instante.

Después, ella se arregló el pelo con la mano y le contagió a él gesto, y cuando yo sonreía secretamente divertida con su nerviosismo adolescente y el mutuo acicalamiento, sorprendí a mi mano retirándome el pelo coquetamente detrás de una oreja.

06:19 pm, by egoismo Comments