Estoy sentada de espaldas a un gran ventanal y frente a mí un cristal separa la estancia en la que me encuentro de otra donde la gente fuma. Lo que veo es el reflejo de la calle que en realidad se encuentra a mi espalda, la luz de la mañana, la gente paseando por la acera, algunos edificios y los coches deslizándose veloces. El reflejo se funde con las personas sentadas al otro lado del cristal charlando animadamente mientras comen. No hay nadie conmigo en la estancia intermedia y como nadie me ve, me pregunto si existo o sólo soy una silueta negra recortada contra la luz del fondo, atrapada entre una imagen y otra.