Pocas veces me alegro de que alguien se siente junto a mí, pero ella tiene algo especial en la sonrisa con la que me agradece que me deslice sobre el banco para dejarle un sitio. O tal vez es que me gusta su pelo cortado a lo garçon y teñido de un color oscuro y natural, tan poco acostumbrado a verse en las ancianas. Lleva un abrigo marrón largo, de pelo sintético, y un bolso gris forrado de tachuelas que no parece demasiado moderno para ella. No se viste como una joven, sino que cada prenda o accesorio se adapta a ella, a su estilo sin edad.
Otra mujer se sienta en el banco y la saluda “¡Hombre, Vicenta, qué tal!”. Comienzan una conversación que ella interrumpe cuando yo me levanto ante la llegada de una tercera mujer con muleta: “¡Pero siéntate! ¡Si cabemos las tres!”. Mientras golpea el asiento que acabo de dejar libre con la mano, levanta un poco los pies del suelo con el mismo gesto que hacen los niños para enfatizar desesperadamente algo. Yo le sonrío y señalo a la recién llegada en la que ella no había reparado.
La nueva perspectiva me permite observar a su peculiar amiga. Aunque a primera vista presenta el aspecto estándar de anciana, posee dos características que la hacen única. La primera es que su abrigo de pelo atigrado está cubierto por una costelación de manchitas pequeñas, de color pardo, idénticas a las que puedo ver sobre el dorso de sus manos, como si el estampado del abrigo se le derramara por el cuerpo hasta la punta de los dedos. Y la otra es que uno de sus ojos es oscuro y pardo como las manchas pero el otro es claro y cistalino. Al principio la tomo por tuerta pero entonces reparo en que el ojo no es blanco sino de un azul intenso que no parece en absoluto enfermo. Me esfuerzo por distinguir su pupila pero desde donde la miro, todo el ojo parece azul, así como el otro se aprecia completamente marrón.
Durante el poco tiempo que esperamos en la parada, ambas se disculpan mutuamente por no haber ido a la manifestación. ¿Qué tipo de manifestación?, me pregunto. De repente me muero por conocer con todo detalle la vida de ambas, pero una vez que estamos dentro del autobús, la de la mirada bicolor desaparece rápidamente bajándose en la siguiente parada, y la otra se sienta sola en un asiento aislado y mira por la ventana.
Bajamos en la misma parada y la sigo con los ojos desde la otra acera durante un rato en el que nuestros caminos coinciden, comprobando que la sonrisa con la que la vi aparecer es un rasgo perenne en su cara. La pierdo en una esquina donde una luz amarilla aparece de repente desde una calle estrecha, como el cauce desbocado de un afluente. Antes de girar yo también, por mi calle oscura, la veo ponerse, con la gracia y elegancia de una actriz, sin perder un segundo su sonrisa, unas enormes gafas de sol.