No es lo que veo, porque la luz del sol inunda la calle cortada al tráfico y cae sobre los niños que gritan con los colores incendiados de sus ropas y juguetes. Hay adultos que tiran de sus brazos, los arrastran, los ponen de pie. Ellos agachados y los niños chillando con sus voces agudas y sus colores. Los percibo como piezas desparramadas de un puzzle, porque no los miro mientras cruzo rápidamente la calle.
Es lo que oigo, cuando alcanzo la oscuridad al otro lado. La acera en sombra, fresca y a salvo. Entonces los gritos de los niños se entretejen a cada paso mío en un sonido arrullador, uniforme, gorgoteante de infancia y remota felicidad.