Camino deprisa por la calle, llego tarde. Los ojos, la nariz y la boca contra el viento rápido y helado, como flores abiertas, húmedas, heridas de frío. Esquivo a las personas vomitadas por una boca de metro y paso junto a ella que espera apoyada en una pared. Lleva un abrigo casi blanco, del mismo color que el flequillo que cae recto sobre la frente. Los labios rojos lanzan al aire una bocanada de humo y en sus ojos perfilados dos nubes más de humo oscuro pintadas inmóviles sobre los párpados. Solo la observo un instante, como una muñeca de rasgos planos, vacíos, sin un solo indicio de personalidad. Pero así tal cual la veo, en menos de un segundo, la congelo en el tiempo, en el aire: abrigo, labios, pelo, humo, ojos, y me la llevo conmigo.