Amor, paisajes y pasajeros.



Untitled

Me llamo Carmen Pacheco, todo lo escrito aquí es mío y bla bla bla bla. Este es mi cuaderno de apuntes, donde escribo lo que veo, para recordarlo, para practicar la escritura rápida o simplemente porque me da la gana. Puedes curiosearlo si quieres, pero fíjate bien: aunque parezcan letras, son garabatos.





Theme by spaceperson Powered by Tumblr

klammer
Pasajero #15

Me mira como si quisiera matarme y no sé si es porque me he colado sin querer o porque es la cara con la que ha salido del autobús, después de tres horas y media de viaje. Le pedimos unos bocadillos a la camarera del sitio transparente y gigante donde hemos parado. Es una cadena de estaciones de servicio que construye naves inmensas en medio de la nada, consiguiendo la completa alienación de los viajeros que se desparraman por el espacio desorientados y fuera de lugar, como un puñado de canicas sobre el suelo de una clínica.

Le veo ir a por una bebida, aprovechando la espera y decido imitarle. Cuando los bocadillos están listos la camarera le grita a un compañero que son para “la pareja”. Los dos esperamos inmóviles y yo me concentro estúpidamente en mi cara de pocos amigos, no vaya a parecer que en el fondo me halaga la confusión de la camarera. Él no puede tener más de veinticinco.

Recogemos el plato y nos dirigimos hacia la caja. Me muevo incómoda, atrapada en esa situación social absurda que te obliga a mantenerte junto a alguien que no conoces de nada. Yo pago primero, sintiendo que me estoy colando otra vez, y entonces por fin libre, elijo una mesa apartada junto a la ventana, con gran alivio.

Segundos después, él viene a sentarse en la mesa de enfrente de cara a mí, así que parece que seguimos comiendo juntos, pero enfadados. Ahora que le puedo mirar con detenimiento descubro que lo que me ha puesto tan nerviosa desde el principio no ha sido la mirada hostil, ni la confusión de la camarera sino el hecho de que él es guapo, no solo guapo, atractivo, y me recuerda un poco a todos los chicos que me han gustado alguna vez.

Lleva unas zapatillas destrozadas y una cazadora negra, algo polvorienta, que al quitarse se lleva con ella la mayor parte de su encanto. Debajo, la camiseta de la selección le rejuvenece unos cinco años y pierde todo mi interés en favor de mi bocadillo. Pero cuando le vuelvo a mirar, me conmueve el desaliño con el que la viste, y me hace pensar en aquella época de las tardes con Nocilla y Espinete, en la que Adidas era una marca anticuada. Levanta la mirada durante un segundo y yo devuelvo la mía hacia mi comida, como una avestruz hambrienta.

Vuelvo a calcularle unos veinticinco y lo imagino al llegar a los treinta, con el aspecto gastado de los niños guapos que se han maltratado mucho. A veces resultan incluso más atractivos, pero la mayoría de las veces evocan algo de decepción. Como ese póster de tu cuarto que te gustaba tanto y un día descubres descolorido y los bordes estropeados. O tal vez mute al perder el pelo y su antiguo aspecto se diluya al entrar en el grupo de los treintañeros rapados gafapasta, indistinguibles unos de otros, hasta que no se tiene con ellos una conversación. Recuerdo el tiempo en el que me fijaba sólo en los chicos como él, simplemente porque mi muestra estadística era demasiado pequeña aún, y no había comprobado que la probabilidad de que un físico masculino como el suyo se correspondiera con una personalidad interesante era realmente baja y se iba reduciendo drásticamente en tanto que el sujeto se hacía consciente de lo primero.

Decido no dedicarle ni un pensamiento más y saco un papel en el que escribir algo que tengo pendiente, dando a mi gran mundo interior una importancia ridícula. Pero cuando de reojo advierto que se levanta y se va no puedo evitar sentirme abandonada.

Al rato salgo yo también y me apoyo en el muro a su lado, pero a una gran distancia; tengo una habilidad escalofriante para calcular el punto exacto donde no parezco entrometida pero alcanzo a escuchar una conversación ajena. Cuando lo oigo hablar por teléfono mi estadística se va a la mierda, porque tiene un voz y una forma de hablar perfecta, y una risa graciosa que acompaña pasándose la mano por el pelo castaño y un poco rizado. Cuando me descubro a mí misma intentando deducir si al otro lado del teléfono se encuentra su novia, me obligo a parar, pero para entonces, ya estoy abrazándome las rodillas resignada y melancólica, reencontrándome del todo con mi yo adolescente.

Lo único que me permito antes de volver de nuevo a mi senectud prematura es seguirlo con la mirada desde mi asiento mientras se sube al autobús y ordenarle mentalmente “mira, mira, mira”. Él sigue hablando y riendo animadamente por teléfono, absorto por completo en su conversación. Y justo cuando creo que va a pasar de largo, levanta sus ojos grandes, castaños y claros y me mira.

10:01 am, by egoismo5 notes Comments




Notes
  1. observaciones posted this