Está mirando por la ventanilla, y sobre su cabeza veo la mitad de unos cascos enormes cubriendo su oreja, un óvalo de metal perfectamente acoplado a su perfil.
Tiene el pelo corto y la piel estampada de acné adolescente, los pies pequeños y muy juntos soportando la flexión de las rodillas, la ropa discreta, y las manos reposando sobre una carpeta en el regazo, completamente abandonadas, como si las hubiera dejado allí y no pensara nunca volver a recogerlas. De repente, vuelve la mirada hacia ellas, y las mueve un poco, sin modificar su postura, probando tal vez que siguen conectadas a su cuerpo. Y mira de nuevo al exterior.
Juego a adivinar quién es, deducir que si no se ha bajado en la parada de ICADE tal vez vaya al último curso del colegio, que por los niños que veo siempre, sé que hay al final del trayecto. Imagino que es tímido y algo afeminado, el típico chico que automáticamente todo el mundo suele tomar por gay, independiente de que lo sea o no. Parece también inexpresivo, una personalidad hermética contra la que estrellarse.
Pero de repente toma posesión de sus manos y el resto de su cuerpo y se pone en pie, rompiendo bruscamente la frágil maraña de mis cavilaciones. Es mucho más alto de lo que parecía sentado y el par de ojos claros que ocultaba el perfil cambian por completo su aspecto, dándole un aire casi extranjero. La forma de moverse no es en absoluto lo afeminada que insinuaba la flexión de sus piernas, mientras estaba sentado. Y en la carpeta, antes oculto bajo sus manos, veo el logo del San Pablo CEU.
Lo miro caminar por la calle fascinada por la cantidad infinita de personajes que -siempre distintos, siempre mejores a los que imaginamos- escribe a cada segundo la realidad para cualquiera que quiera pararse a leerlos.