Hay un hombre, hay una ventana y hay una lámpara antigua que ilumina pobremente el espacio vacío que se encuentra tras ellos. Sobre el hombre, el hueco de la ventana traza un arco, de manera que la escena queda enmarcada como una postal, que uno pudiera recortar con tijeras de punta redonda.
No es más que el portero de un edificio realizando una de sus tareas de mantenimiento, pero la luz detrás de él y el portal oscuro que se adivina contrastan con la hora temprana del día y la calle ya iluminada. La lámpara, superviviente de varias décadas, se presenta anacrónica y tampoco el hombre parece querer pertenecer a esta época, con su camisa amplia para pintar que no se compromete con ninguna moda.
La brocha extiende la pintura sobre la madera, basándose en el absurdo criterio de aquel que un día decidió que la madera por ser marrón había que pintarla de ese color. Yo sigo con la mirada los movimientos del hombre y casi puedo notar las cerdas de la brocha arrastrándose sobre la capa áspera de pintura anterior, deteniéndose en los ángulos, guiadas por un movimiento preciso. De repente me parece estar oliendo la pintura, un olor concreto que no habría podido encontrar nunca tan nítido de haberlo buscado a propósito en los estantes de la memoria.
Así que allí está el hombre pintando, y allí estoy yo contemplando cómo lo hace hasta que el autobús arranca y la calle se desborda hacia mí, echándome a los ojos, una riada de personas, colores, luz, acera y cristales de este tiempo. Y la postal oscura del hombre y la ventana queda un segundo suspendida en mis retinas, y toda la paz contenida en ella, se escapa y desaparece como el aire de una pompa de jabón.