Esta mañana he visto a una chica que aprovechaba un semáforo para pintarse la raya de los ojos. En mi extensa experiencia como observadora, he visto a mujeres usando el espejo retrovisor para maquillarse la cara, pintarse los labios, darse colorete o ponerse rímel, pero nunca a una con el lápiz en mano, llevándose la punta al párpado de abajo, y sosteniendo la mejilla con dos dedos, en ese gesto tan universal y sagrado en el que el mundo se detiene y todo queda muy quieto no vaya a ser que la mano tiemble y se produzca un molesto accidente.
Tal vez es por pura probabilidad, porque además, hay más mujeres que hacen todo lo demás y no se pintan la raya. A mí me gusta no lo solo el resultado sino también el acto, por lo que he explicado antes y porque es el momento en el que el maquillaje más se parece al dibujo. Los lápices se afilan con sacapuntas un poco más pequeños que los normales y tienen la punta blanda, pero se cogen igual y cuando una se los lleva a los ojos se está dibujando un poco a sí misma, como un personaje más que una persona.
La chica del coche era grande y esbelta como su coche todoterreno, y llevaba una cola alta y parecía que se levantaba un poco del asiento mientras se dibujaba los ojos, como si en cuanto terminara y el semáforo se pusiera en verde, en vez de conducir fuera a ponerse a bailar. Sobre el coche un árbol agitaba sus hojas de un verde plateado como lentejuelas y a pesar del martes, del atasco y de nuestra rutina, la primavera se empeñaba en que la escena pareciera alegre.
Me he dicho a mí misma que la chica iría a su trabajo, que llegaba tarde como yo y por eso se pintaba en el coche, pero en realidad quería ir y suplicarle: llévame, por favor, llévame contigo y enséñame todo lo que vayas a mirar hoy, con tus ojos dibujados.