Las primeras gotas caen del cielo desproporcionadamente grandes, tocan la piel como dedos húmedos y calientes. Y el aire se levanta sobre el asfalto, una bofetada para los peatones. El niño pequeño sentado en el carro cerrando los ojos, con una expresión de incredulidad adulta “¿cómo puede mi madre volver la esquina y enfrentarme con este viento?”. Los pájaros pían desconcertados, o es el aullido del semáforo o el mismo aire zumbando los oídos, todo se vuelve caos al dejar la acera, y unos cuantos de nosotros seguimos a la mujer del perro que no tiene miedo al coche que se salta el semáforo y frena a la mitad del paso de cebra. Pero entonces el aire empuja con más fuerza, y el perro se vuelve como una veleta loca, en medio del tráfico, a contracorriente. La mujer tira de la cadena “¡No! ¡Crispi no!” pero la perra -“¡¿Eres tonta, Crispi?!”- insiste en volverse contra la riada humana y está cerca de echárseme encima. Sorteamos al animal, la mujer y los coches; aunque la formación se deshace y perdemos a la vanguardia, llegamos al otro lado.
En la calle estrecha no hay coches pero los árboles se estremecen y las hojas y el polvo vuelan como si un desastre, cualquier desastre, fuera inminente. Una anciana lleva a una niña con síndrome de down de la mano, o tal vez no es una niña sino una mujer. La anciana avanza decidida bajo un paraguas, sin dejar que la otra se retrase, sin miedo a la lluvia caliente y el viento salvaje cargado de polvo. No es como la perra, como el bebé, como la niña-mujer ni como yo.
Detras de mí oigo un ladrido. “Deja las hojas” dice la dueña. “¡Deja en paz las hojas!” grita. Pero yo no hago caso.