Intento observar pero sólo me veo a mí. La parte que no quiero ver.
El odio se derrama por mis ojos, flota en el aire caliente, irrumpe en las aceras, se pega a los cuerpos como el sudor. El odio pasa entre los coches, ensucia los dedos que asoman en las sandalias. Y me alcanza en los reflejos de los cristales, se lanza como un perro de presa y rebota contra mí. A veces rompe las ventanas por no verme.
No me extrañaría que la gente cayera enferma a mi paso, porque el odio que arrastro es sofocante. A veces él me arrastra a mí.
El odio me empuja por la calle, me sube al autobús, y por mucho que miro alrededor, intento observar a los demás, sólo veo mi interior: sangre, vísceras, pesadillas. Todo inflamado por el odio.
No me gusta odiar. Detesto el odio. Odio el odio. Intento por todos los medios deshacerme de él.
Ayer por la noche vuelvo más ligera a casa. La oscuridad de la calle me enfría los ojos. Estoy tendida en la cama leyendo un libro en el que dos personas hacen el amor. Al otro lado de la ventana dos personas follan.
Detengo la lectura un segundo porque el ventilador del techo les ahoga y no puedo decir si son dos tonos de jadeo o un perro ladrando y otro respondiendo a lo lejos. Luego más tarde una risa. Conozco la voz, a veces habla hasta tarde, a veces le ordenan callar desde otra ventana. A mí me gusta. La risa es profunda y ancha, abarca toda mi cama y puedo dormir sobre ella. Y justo antes de cerrar los ojos, compruebo agradecida, que a ellos, personas o perros, no los odio.