Amor, paisajes y pasajeros.



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Me llamo Carmen Pacheco, todo lo escrito aquí es mío y bla bla bla bla. Este es mi cuaderno de apuntes, donde escribo lo que veo, para recordarlo, para practicar la escritura rápida o simplemente porque me da la gana. Puedes curiosearlo si quieres, pero fíjate bien: aunque parezcan letras, son garabatos.





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Amor #5

En algunos restaurantes de comida rápida, en la situación estratégica de una esquina, hay un momento en el que el estrépito alrededor, se confunde, se entreteje en una maraña compacta, parecida al silencio, protectora y agradable en cualquier caso para el que sabe apreciarla.

Mi percepción visual no es tan afortunada y frente a mí observo a una pareja de enamorados hasta un nivel clínico, que se frotan y se babean con una intención más amorosa que sexual convirtiendo un espectáculo que podría ser solo incómodo en francamente desagradable. Calculo que el nivel de endorfinas de ella, que parece a punto de mearse encima, le permitiría pasar por una colonoscopia sin anestesia. Como si el enamoramiento fuera algún tipo de enfermedad degenerativa que le ha machacado los huesos fluctúa sobre su silla como gelatina hacia delante y atrás y solo la mantiene erguida la fuerza de atracción -casi puedo ver una corriente de flujo que emborrona el aire- entre su boca y la de su enamorado, que periódicamente se unen con un “plop” de ventosa que no oímos, pero sufrimos todos a su alrededor.

Una voz cerca de mí rompe la perfecta maraña de estrépito, como una cabeza saliendo del agua:

-Ahí hay una pareja que… uf…-la chica sentada a mi lado, perdida en el horror como yo, lo comenta con su amiga-, ¡ellos habrán comido ya, porque…!

Su amiga, de espaldas a la escena, se gira un poco y sonríe comprensiva, buscando despreocupada alguna frase típica en su cajón mental etiquetado con “es verdad, qué asco dan algunas parejas”. La envidio, tan inconsciente de la escena real, del caso extremo que observamos la otra y yo y que podría estar siendo estudiado por científicos de todo el mundo.

En seguida ambas se levantan, expelidas por la fuerza de la felicidad ajena, fuerza repulsora donde las haya, y desaparecen engullidas por la marea de luz y de ruido. Entonces, como si ellas fueran el telón de la auténtica escena, aparecen en mi campo de visión, dos mesas más allá, una madre y su hija, sentadas una frente a otra, conversando con oraciones enteras, complejas, intrincadas. El diálogo entre ellas dos reluce como una obra de Shakespeare en un pajar de frases sueltas, frases sacadas de un cajón.

La joven dice algo en voz baja, grave, altisonante a veces, como una carretera llena de curvas en la oscuridad. Una mano llena de plata le cubre el perfil pálido de adolescente. El pelo negro y liso es casi indistinguible de la cinta que le cubre parte de la frente. Sólo percibo sus palabras cuando levanta el tono:

-…y ahora que tengo veintitrés años… se van a enterar…

La madre, teñida de un rubio oscuro, envuelta en un estampado de flores, deja el vaso de cartón sobre la mesa.

-¡Pero Laura! -le interrumpe-. ¡No! -dice muy seria-. No me puedo creer que todavía pienses en eso, ¡por favor!

Miro de reojo a la chica, pero ella sigue inalterable, adentrándose por esa carretera oscura hecha de palabras que yo no puedo oír. No quiero atender a lo que dice igual que no me gusta mirar las heridas. Intento concentrarme en lo que como, pero vuelve a llamar mi atención el tono de la madre, en un crescendo.

-No me lo puedo creer. No me lo puedo creer, Laura. ¡No me lo puedo creer!

Al principio pienso que es una reacción a lo que la chica le está contando y me alarmo, pero el semblante de la madre es tan neutro como al principio y entonces entiendo que no hay diálogo entre ellas. La palabras de la chica fluyen como un líquido turbio y se estrellan contra las de su madre, una barrera de roca: “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”. La oye, pero no la escucha.

En una curva dolorosa el tono grave de la joven se quiebra y consigo distinguir:

-Yo era pequeña y ellos me hicieron mucho daño…

Pero la madre la interrumpe:

-No me puedo creer que sigas acordándote de esas cosas. Olvídalo. Déjalo estar. De esas cosas ni se habla. No hay ni que hablarlo.

Me fascina su tono. No hay condescendencia, no se burla de la chica, no trata de restar importancia a lo que dice con una sonrisa, tampoco hay alarma, ni énfasis en lo que trata de hacerle entender. Un poco más de empatía en el tono de la madre y la chica sentiría que tiene derecho a estar dolida, entendería el discurso como consuelo; un poco menos y se sentiría incomprendida y furiosa. Pero las palabras se alzan como una barrera de contención dura e inflexible, perfecta.

La chica sigue explicándose, pero la madre se impone:

-No. Esas cosas se olvidan, se superan…

La chica dice que ella lo ha superado pero…

-Que no. Que a mí me han pasado cosas más graves y no tengo ningún interés en acordarme ni en guardar ningún rencor, ni en nada. Yo no quiero llevarme mal con nadie y no tiene sentido que le des más vueltas a eso. Pasó y hay que olvidarlo.

Cuando me levanto a dejar mi bandeja miro de reojo a la chica. Tiene la mirada extraviada, suspendida en el aire atravesándolo todo como un láser, quizá también a los enamorados. No está triste, ni furiosa; parece vacía. Cuando ya ha pasado la tormenta, y su torrente de odio apenas se mece ya como un líquido sin fuerza sobre la mesa, las palabras de su madre continúan sólidas:

-No se puede vivir en el resentimiento. No, no se puede.

Salgo a la calle todavía impactada por el consuelo que no hay en su tono pero sí en su actitud. No entiendo cómo esa conversación entre extrañas se me ha metido tan dentro, hasta el punto de empañarme los ojos durante un segundo, pero me doy cuenta de que me noto más ligera, respiro mejor y me siento protegida por el discurso, como si caminara sobre las palabras firmes de la mujer, como si acordándome de ellas y olvidándome de todo lo demás, ya nada pudiera hacerme daño.

10:51 am, by egoismo5 notes Comments

Amor #4

La veo con el móvil metido en la boca mientras escarba buscando algo en un bolso que sostiene con dificultad. Apenas me da tiempo a ver que es adolescente y pecosa, la cara redonda e inflada como un bizcocho lleno de motas tostadas, cuando la mano de su madre –no puede ser más que su madre-, de espaldas a mí, vuela rasante como un ave de presa y le arranca el móvil de entre los labios. No dice nada, ni yo habría podido oírla aunque lo hubiera dicho, pero el gesto habla por si solo: Anda, trae, hija, qué pareces tonta. Ella con la boca ya libre la transforma en una sonrisa, pero la madre ha girado la cabeza hacia un lado. No puede ser más de un segundo o dos, pero me parece una eternidad. Cuando los ojos buscan los de su madre mientras sonríe. Los tiene del mismo color cobrizo que las pecas y el pelo y no sé si es la luz pero están encendidos, los veo brillar. Toda la vida parece estar esperando que le devuelvan la sonrisa. A que es gracioso, mamá, a que ha sido gracioso. Pero la otra no la ve, no puede verla, sigue con la cabeza girada. Podría yo sonreírle desde el otro lado del cristal, porque es cierto que lo ha sido. Una imagen cómica. Pero sería grotesco el gesto intruso de una desconocida, que además observa la escena desde un plano inesperado para ellas de pie en la acera, fuera de mi autobús.

Por qué tengo yo que verlo, por qué -y estoy segura de que no lo imagino ni lo reinterpreto-. Por qué tengo que observar, con todo detalle, como si fuera a cámara lenta, el instante en el que los ojos de la chica abandonan su propósito. Y quizá es que la cabeza se mueve un milímetro y pierde el ángulo iluminado, pero los ojos se apagan, los veo apagarse, o son los párpados, que hacen sombra. Porque la mirada se vuelve hacia el bolso y las manos que no se habían detenido, siguen buscando en su interior. Es menos de un segundo, un instante, y a nadie le importa, ni a ellas y no hay drama posible y se olvida. Pero yo lo observo y es devastador.

08:51 am, by egoismo13 notes Comments

Amor #3

Al torcer una esquina me encuentro con el perro. Digamos que un perro de la raza… “grande”. Es blanco, con alguna mancha marrón claro, y enmarcando su noble y bondadosa cabeza lleva una bufanda de un verde pálido, gastado, de una lana tejida en puntos gruesos hechos a mano. Es una bufanda vieja pero está bien sujeta a su cuello y en un primer instante, si no fuera por el color insólito en cualquier mamífero, podría tomarse por parte de su pelaje.

Hay una mujer, digamos que de la raza… “señora”, que sigue al perro y ambos son proporcionalmente tan dispares, dado el escaso tamaño de ella, que la gruesa cadena que va del cuello del perro a la mano de la dueña es el único elemento que hace entrar a la escena en una perspectiva razonable.

El perro avanza a su ritmo de perro y la mujer le sigue como puede, casi arrastrando los pies, en pasos lentos y torpes, pero entonces yo imagino sus manos, rápidas y ágiles, tejiendo una bufanda para su amigo.

04:56 am, by egoismo2 notes Comments

Amor #2

Lleva puesta la capucha de un abrigo y un mechón de pelo cobrizo le cae sobre la frente. Pero no puedo decir si el perfil del rostro que observo pertenece a un niño o a una mujer. La persona mira al frente, sin expresión, como si fuera ajena a lo que ve, a lo que tiene a su alrededor, especialmente ajena al hombre que a su lado conduce.

Cuando el coche se para ante un semáforo, el hombre se vuelve hacia la persona, pero ésta, niño o mujer, continúa inalterable, con el gesto borrado, como si estuviera congelada en el espacio y en el tiempo. El hombre murmura algo y entonces la acaricia. Y un segundo después ya no puedo decir cómo lo ha hecho. Si le ha tocado levemente la frente, si ha puesto su mano sobre el hombro, si simplemente ha hecho el ademán pero en el último instante ha decidido no tocarla y la caricia ha quedado desdibujada, insinuada sólo en el aire, o si no ha hecho nada en absoluto y se ha quedado quieto mirándola.

Pero el hombre acarició a la persona y lo sé porque noté la caricia, al otro lado del cristal de mi ventana, y me estremecí del mismo modo que el hombre pareció estremecerse de angustia, mientras la expresión de la mujer o el niño permanecía suspendida en el vacío, en la nada más absoluta, como una dirección equivocada, un destinatario erróneo a donde nunca llegaría ninguna clase de afecto . Y el semáforo se puso en verde, y el hombre volvió su vista al volante y ambos se perdieron para siempre en las entrañas de la ciudad.

11:06 am, by egoismo3 notes Comments

Amor #1

El otro día en el autobús, que es realmente donde yo vivo (el resto del tiempo no son más que tránsitos entre un viaje en autobús y otro) observé más allá de un grupo de anónimas cabezas sin interés, dos cochecitos de bebé con sus correspondientes pasajeros acoplados a ellos, como rollizos moluscos a sus conchas. Me percaté de que los bebés tenían estirados sus bracitos todo lo que les permitía el volumen de su envoltorio de abrigo, que sin duda doblaba el de sus cuerpos, y que en el extremo de cada uno, salvando la distancia simbólicamente abismal entre un cochecito y otro, sus diminutas manos se encontraban enlazadas.

Estiré el cuello para ver mejor a uno de los bebés semioculto por las molestas cabezas sin nombre ni importancia. No podría decir a qué sexo pertenecía cada cual, pero no creo que eso sea una cuestión que ellos se planteen lo más mínimo en este momento y por lo tanto no debería tampoco ser relevante para nadie más. Lo que sí puedo afirmar, dados los conocimientos involuntarios que poseo sobre este tema en la actualidad, es que no tendrían mucho más de un año cada uno.

El bebé semioculto estaba al cuidado de una espalda femenina que no me aportaba muchos más datos, mientras que el otro era vigilado por una de esas terribles mujeres del Este cuya expresión fluctúa de manera constante y tormentosa entre lo agresivo y lo agredido. Las ropas de la mujer no concordaban con las del bebé y dado que los secuestradores no frecuentan el autobús (observación que puedo avalar tras largos años de experiencia en este transporte), deduje que se trataba de una niñera, que apenas esbozó una sonrisa eslava, de una calidez sólo apreciable en Siberia, ante el gesto de los bebés.

El bebé perfectamente visible, que era de un tamaño ligeramente superior al otro, se encontraba con la cabeza girada, observando a su compañero. El otro no le devolvía la mirada ni parecía más inteligente que un perro actor, pero respondía al apretón de mano por parte del otro bebé de manera activa, acariciandola con sus deditos.

Imaginando en un segundo cientos de parentescos o supuestas relaciones entre aquellos dos bebés y cómo podían evolucionar a través del tiempo casi quise que el autobús se estrellara en el mismo instante y pereciéramos todos salvando a aquellos dos seres de la segura degradación del momento perfecto que estaban viviendo.

No recuerdo si pestañeé pero cuando fui de nuevo consciente de la realidad a mi alrededor, la mujer del Este impulsaba a su bebé hacia el exterior. Me perturbó entonces la falta de coherencia en la escena, puesto que no hubo ningún gesto, ni siquiera quedó suspendida en el aire una mirada entre las dos mujeres. Mucho menos entre los dos bebés.

Y cuando la mujer del Este se convertía en otra espalda anónima y se empequeñecía su figura avanzando por la acera, fui consciente con terrible vértigo de que no se conocían en absoluto. Ni las mujeres ni los bebés. Que había sido un gesto fortuito y espontáneo, fruto de la química animal entre aquellas criaturas. Y que era muy probable que jamás volvieran a encontrarse. Y que aquello no era lo trágico, sino la certeza de que si volvían a hacerlo, ninguno de los dos guardaría el menor recuerdo de haberse conocido jamás.

11:04 am, by egoismo2 notes Comments