Amor, paisajes y pasajeros.



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Me llamo Carmen Pacheco, todo lo escrito aquí es mío y bla bla bla bla. Este es mi cuaderno de apuntes, donde escribo lo que veo, para recordarlo, para practicar la escritura rápida o simplemente porque me da la gana. Puedes curiosearlo si quieres, pero fíjate bien: aunque parezcan letras, son garabatos.





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Paisaje interior #1

Intento observar pero sólo me veo a mí. La parte que no quiero ver.

El odio se derrama por mis ojos, flota en el aire caliente, irrumpe en las aceras, se pega a los cuerpos como el sudor. El odio pasa entre los coches, ensucia los dedos que asoman en las sandalias. Y me alcanza en los reflejos de los cristales, se lanza como un perro de presa y rebota contra mí. A veces rompe las ventanas por no verme.

No me extrañaría que la gente cayera enferma a mi paso, porque el odio que arrastro es sofocante. A veces él me arrastra a mí.

El odio me empuja por la calle, me sube al autobús, y por mucho que miro alrededor, intento observar a los demás, sólo veo mi interior: sangre, vísceras, pesadillas. Todo inflamado por el odio.

No me gusta odiar. Detesto el odio. Odio el odio. Intento por todos los medios deshacerme de él.

Ayer por la noche vuelvo más ligera a casa. La oscuridad de la calle me enfría los ojos. Estoy tendida en la cama leyendo un libro en el que dos personas hacen el amor. Al otro lado de la ventana dos personas follan.

Detengo la lectura un segundo porque el ventilador del techo les ahoga y no puedo decir si son dos tonos de jadeo o un perro ladrando y otro respondiendo a lo lejos. Luego más tarde una risa. Conozco la voz, a veces habla hasta tarde, a veces le ordenan callar desde otra ventana. A mí me gusta. La risa es profunda y ancha, abarca toda mi cama y puedo dormir sobre ella. Y justo antes de cerrar los ojos, compruebo agradecida, que a ellos, personas o perros, no los odio.

03:33 am, by egoismo8 notes Comments

Paisaje #6

El momento en el que tren parado de metro deja de respirar y en el vagón se escucha el silencio que ya estaba pero no se oía. Un silencio demasiado solemne, como el de un templo, funesto, que golpea a los pasajeros con repentina incomodidad.

Entonces las voces que llegan desde el andén, se acercan brutales, desconsideradas, y los gritos y las risas suenan como el preludio de una tragedia. Los pasajeros miran hacia abajo, turbados; la culpa es del silencio.

Un grupo de adolescentes entra en el vagón y continúa su fiesta privada, como si estuvieran en una burbuja, como si el resto del mundo no existiera. Pienso si esa capacidad de abstracción se la aportan las hormonas o si al desgranarlos, como las uvas de un racimo, si al colocarlos a cada uno en un asiento aislado, también cargarían el peso del silencio común, se harían responsables de él.

Por fin el tren se pone en marcha y las risas y las voces se pierden en un rumor homogéneo, pero hasta mí llega lo que una chica grita con una voz aguda que se derrama por el vagón manchándolo todo “Araña mueeeeerrrta”, dice, y se ríe. “Araña mueeeerrta” repite una y otra vez. Se establece entonces un vínculo absurdo entre las dos y cuanto más ríe ella, más triste me pongo yo, como si sus risas fueran a mi costa.

Entran dos monjas con hábitos largos y crucifijos grandes de madera. Entran casi de un salto, como dos pajarracos y se lanzan ávidas hacia los asientos libres. Una de ellas abre un libro; lleva como marcapáginas una estampa de la Virgen del Carmen y otra del Papa Benedicto XVI. Debe de estar leyendo la otra página, pero desde mi perspectiva parece que mira la estampas y las contempla inmóvil durante largo rato.

05:08 am, by egoismo1 note Comments

Paisaje #5

Las primeras gotas caen del cielo desproporcionadamente grandes, tocan la piel como dedos húmedos y calientes. Y el aire se levanta sobre el asfalto, una bofetada para los peatones. El niño pequeño sentado en el carro cerrando los ojos, con una expresión de incredulidad adulta “¿cómo puede mi madre volver la esquina y enfrentarme con este viento?”. Los pájaros pían desconcertados, o es el aullido del semáforo o el mismo aire zumbando los oídos, todo se vuelve caos al dejar la acera, y unos cuantos de nosotros seguimos a la mujer del perro que no tiene miedo al coche que se salta el semáforo y frena a la mitad del paso de cebra. Pero entonces el aire empuja con más fuerza, y el perro se vuelve como una veleta loca, en medio del tráfico, a contracorriente. La mujer tira de la cadena “¡No! ¡Crispi no!” pero la perra -“¡¿Eres tonta, Crispi?!”- insiste en volverse contra la riada humana y está cerca de echárseme encima. Sorteamos al animal, la mujer y los coches; aunque la formación se deshace y perdemos a la vanguardia, llegamos al otro lado.

En la calle estrecha no hay coches pero los árboles se estremecen y las hojas y el polvo vuelan como si un desastre, cualquier desastre, fuera inminente. Una anciana lleva a una niña con síndrome de down de la mano, o tal vez no es una niña sino una mujer. La anciana avanza decidida bajo un paraguas, sin dejar que la otra se retrase, sin miedo a la lluvia caliente y el viento salvaje cargado de polvo. No es como la perra, como el bebé, como la niña-mujer ni como yo.

Detras de mí oigo un ladrido. “Deja las hojas” dice la dueña. “¡Deja en paz las hojas!” grita. Pero yo no hago caso.

02:22 pm, by egoismo2 notes Comments

Paisaje #4

Hay un hombre, hay una ventana y hay una lámpara antigua que ilumina pobremente el espacio vacío que se encuentra tras ellos. Sobre el hombre, el hueco de la ventana traza un arco, de manera que la escena queda enmarcada como una postal, que uno pudiera recortar con tijeras de punta redonda.

No es más que el portero de un edificio realizando una de sus tareas de mantenimiento, pero la luz detrás de él y el portal oscuro que se adivina contrastan con la hora temprana del día y la calle ya iluminada. La lámpara, superviviente de varias décadas, se presenta anacrónica y tampoco el hombre parece querer pertenecer a esta época, con su camisa amplia para pintar que no se compromete con ninguna moda.

La brocha extiende la pintura sobre la madera, basándose en el absurdo criterio de aquel que un día decidió que la madera por ser marrón había que pintarla de ese color. Yo sigo con la mirada los movimientos del hombre y casi puedo notar las cerdas de la brocha arrastrándose sobre la capa áspera de pintura anterior, deteniéndose en los ángulos, guiadas por un movimiento preciso. De repente me parece estar oliendo la pintura, un olor concreto que no habría podido encontrar nunca tan nítido de haberlo buscado a propósito en los estantes de la memoria.

Así que allí está el hombre pintando, y allí estoy yo contemplando cómo lo hace hasta que el autobús arranca y la calle se desborda hacia mí, echándome a los ojos, una riada de personas, colores, luz, acera y cristales de este tiempo. Y la postal oscura del hombre y la ventana queda un segundo suspendida en mis retinas, y toda la paz contenida en ella, se escapa y desaparece como el aire de una pompa de jabón.

09:08 am, by egoismo1 note Comments

Paisaje #3

La luz de allí no cae, como la de Madrid, a plomo sobre las cosas, no arroja sombras negras y perfiladas. La luz de allí es diáfana, es total, reverbera en el aire, revienta las pupilas. La luz de allí entra por la boca hasta los pulmones, hasta el estómago. Ilumina por dentro.

05:56 am, by egoismo1 note Comments

Paisaje #2

No es lo que veo, porque la luz del sol inunda la calle cortada al tráfico y cae sobre los niños que gritan con los colores incendiados de sus ropas y juguetes. Hay adultos que tiran de sus brazos, los arrastran, los ponen de pie. Ellos agachados y los niños chillando con sus voces agudas y sus colores. Los percibo como piezas desparramadas de un puzzle, porque no los miro mientras cruzo rápidamente la calle.

Es lo que oigo, cuando alcanzo la oscuridad al otro lado. La acera en sombra, fresca y a salvo. Entonces los gritos de los niños se entretejen a cada paso mío en un sonido arrullador, uniforme, gorgoteante de infancia y remota felicidad.

08:37 am, by egoismo1 note Comments

Paisaje #1

Estoy sentada de espaldas a un gran ventanal y frente a mí un cristal separa la estancia en la que me encuentro de otra donde la gente fuma. Lo que veo es el reflejo de la calle que en realidad se encuentra a mi espalda, la luz de la mañana, la gente paseando por la acera, algunos edificios y los coches deslizándose veloces. El reflejo se funde con las personas sentadas al otro lado del cristal charlando animadamente mientras comen. No hay nadie conmigo en la estancia intermedia y como nadie me ve, me pregunto si existo o sólo soy una silueta negra recortada contra la luz del fondo, atrapada entre una imagen y otra.

10:17 am, by egoismo2 notes Comments